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    Apr 27

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    Podcast

    Se podria tambien hacer un apartado para que tu le des los apuntes y el te haga un podcast

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      •

      Feb 24

      Si me gustaría que hubiera podcast

    • An Anonymous User

      •

      Apr 19

      Todos los techos mata-ruidos de Juan Lucas no bastaron para silenciar el escándalo que empezó a armar Bobby, unos días después de que Julius cumpliera diez años. La primera noche, porque todo empezó una noche a eso de las siete, no necesitó del licor para mantener firme e imponente su rabia. No se expresaba muy bien Bobby, y Julius, al comienzo, no lograba captar claramente qué diablos sucedía. Ya después comprendió algo mejor, y hasta le dio cierta alegría, porque la rabia de su hermano desbarataba los planes de Juan Lucas para las siguientes semanas del verano. Julius encantado de ir a bañarse todos los días con mami a la Herradura, y de repente venía el otro con la idea de trasladarse a Ancón durante cuatro o cinco semanas, para estrenar un edificio que había construido en sociedad con Juan Lastarria. Julius le rogaba que no y Juan Lucas ni bola. No le bastaba con obligarlo a jugar golfito, todas las mañanas, en el golfito que acaba de instalar en el palacio, porque le gustaba ese deporte hasta en su dimensión más pequeña, y porque al anochecer, bebiendo una copa, le encantaba contemplar desde el bar de verano, cómo la sombra nocturna descendía sobre el césped del campo de polo, prolongando su jardín hasta el fondo de la noche, y cómo el entretenido golfito, que era rojo con casitas blancas, túneles, puentecitos y montañitas, oscurecía también pero siguiendo el oscurecer de sus colores. Lo verde, lo blanco y lo rojo combatían para él con lo negro. Esa noche, Juan Lucas acababa de añadirle una nueva dimensión a su placer. Fue casi sin desearlo. Se había llevado el vaso de whisky hacia la nariz (oler, mientras combatían los colores, era una dimensión ya añadida), pero esta vez su mano continuó subiendo hasta que el cristal de roca cubrió su visión, enriqueciéndola con muchas visiones, su mano giró por atrapar una que se le iba, giró también el cristal, carrusel de visiones, con sólo alzar un poquito más el vaso, siempre girando, agregó el oro fugitivo y controlado del whisky, ah... En ésas estaba, cuando el primer alarido furioso de Bobby, proveniente de algún lugar del palacio, quebró hasta nueva oportunidad el caleidoscopio que acababa de formar con su golfito, su jardín y la noche, su vaso de cristal y su whisky, en el bar de verano de su nuevo palacio. Juan Lucas se encontró un poco ridiculón, tan sensitivo ahí, combinando colores, inventando caleidoscopios y decidiendo de esa forma el color de unas telas que pensaba encargar a Londres. Realmente andaba en otro mundo, y en esta vida hay que estar en este mundo; por eso los carajos a voz en cuello de Bobby lo habían sorprendido, obligándolo a voltear rápidamente, aunque sólo para descubrir que la vista hacia el interior del palacio era, a su manera, tan bella como la vista hacia el exterior. Casi le coloca el vaso de cristal de por medio, pero Bobby se acercaba por algún lado añadiendo mil palabrotas a sus carajos, algunas que ni el propio Juan Lucas conocía. www.lectulandia.com - Página 290 Y ni sus techos mata-ruidos bastaron para silenciar el escándalo que Bobby empezó a armar esa noche. Alguien, seguro que en los Estados Unidos, creyó que había terminado con el problema de los ruidos en las casas, pero para qué, como se dice en Lima, Bobby, atravesando salón tras salón, iba probando lo contrario a punta de putamadreadas. Julius que apareció por ahí, tuvo que salir disparado porque su hermano quería pegarle a quien fuera y él, con esa cara de inocente y de cojudo, era una buena oportunidad. No paraba Bobby, corría de una habitación a otra: por ahí lo vio Susan, y él no la oyó decir ¡darling!, ¡darling!; por allá lo vio Juan Lucas, y él no lo oyó decir ¿qué pasa, muchacho?; por la escalera de servicio lo vio pasar Daniel y corrió a avisarle a Celso. Segundos después, en los altos, en un corredor, la Decidida se cruzó con el niño Bobby gritando como loco y quiso también gritar, pero captó que los gritos no estaban dirigidos a ella, no infringían por consiguiente ninguno de sus derechos, aunque sí la enfrentaban a ciertos deberes: corrió a avisarle a la señora, que en ese instante corría a buscar a Juan Lucas, gritando ¡darling!, ¡darling!, cuando de pronto se vio mentalmente en bata, con una toalla sobre la cabeza, y regresó corriendo al baño porque si había algo que detestaba era que Juan Lucas la viera desarreglada. Pero era bien orgullosito Bobby, y por nada de este mundo quiso confesar esa noche de qué se trataba, aunque Juan Lucas ya tenía sus sospechas. Julius no entendía ni papa por el momento. Algo pasaba, evidentemente, porque Juan Lucas había servido tres copas en vez de dos, pero él aún no entendía nada. En cambio el del caleidoscopio ya tenía sus ideas al respecto. Consideró que lo mejor era darle sus whiskys al adolescente para que encausara la rabia hacia la pena y, momentos después, con tres buenos whiskys adentro, les empezara a contar, furioso primero, y rabiando después, lo que por diablos y demonios le había ocurrido con alguna muchacha. Se le aguaron sus planes al del golf. Se le aguaron los hielos para los whiskys también, porque en una de sus locas carreras Bobby había desembocado en su dormitorio, y llevaba ya cerca de una hora bien encerrado, rompiéndose el alma contra las paredes, luego de haber terminado con todo lo que se podía romper ahí. «Mis Mark Twain», pensaba Julius, que había subido a buscar a Susan, por encargo de Juan Lucas. Pero Susan no podía bajar aún. Lo de Bobby la tenía aterrada, según su propia expresión, aunque Julius no notaba en su cara nada que se pareciera a la película de terror que había visto el otro día. Los dos se quedaron parados junto a la puerta del dormitorio de Bobby, Susan rogándole que abriera, diciéndole que por favor no la torturara, y después, en inglés, que se iba a volver loca de la pena. Esto último lo dijo con tal sufrimiento, que Julius volteó inmediatamente a adorarla, y claro que la adoró, pero más que nada por lo linda que salía siempre de su bañerapiscinita, seguro por eso se bañaba tres veces al día. También ahora, cuanto más www.lectulandia.com - Página 291 insistía en sufrir, más linda se iba poniendo; hasta se agachó para rogarle a Bobby que le abriera, por el hueco de la cerradura, en estas puertas super modernas que no tienen hueco de la cerradura. Le seguía rogando, mientras descubría su error, y por insistir teatrera se le cayó la toalla que llevaba enroscada en la cabeza, y se le vino todo el pelo sobre la cara. Inmediatamente se irguió, se echó el pelo hacia atrás con ambas manos, y empezó a rogarle otra vez, abre, darling, please!, por favor abre, darling, mientras a Julius le pedía el traje que está encima de mi cama, porque quería rogarle un ratito más a Bobby, y después correr a tomarse una copa con Juan Lucas. «Hágase a un lado la bañista», dijo Juan Lucas, mirando encantado el escote de la bata con que Susan cubría su cuerpo libre y fresco. Acababa de subir acompañado por Celso, que traía, en azafate de plata, una botella de whisky, dos vasos de cristal tipo caleidoscopio y una nueva provisión de hielo. Al descubrirlo a su lado, Susan hizo un delicioso gesto de impotencia no por lo de Bobby sino por lo de la bata, tengo que estar horrible, pero sabía mejorarse hasta el encanto y no tuvo más que echar la cabeza ligeramente hacia atrás, introduciendo al mismo tiempo los dedos de ambas manos en su cabellera, paseándolos luego hasta alcanzar casi la nuca... Coqueta, ella sólo había jugado un instante con sus cabellos, de más no podía acusársele, pero Juan Lucas había visto dibujarse esos senos que ya no tenían veinte años, y que sin embargo continuaban presentándosele con la misma inquietante novelería de una primera vez que de pronto además era ésta. «Relévame, darling», le dijo Susan, sonriente. Mientras se iba, Juan Lucas pensó echarle su miradita a través de uno de los vasos de cristal, el deseo le pedía enriquecer también esa visión, pero Julius apareció con un traje por el fondo del corredor y, en todo caso, a lo que había venido era a ocuparse de éste. «Vamos muchacho», le dijo, a través de la puerta, aprovechando un silencio, pero Bobby no le hizo el menor caso y continuó gritando que lo dejaran solo y luego algo más de que no iba a parar hasta no haberse vengado y hasta que... Juan Lucas no logró escuchar porque Bobby seguía rompiendo cosas y estrellándose contra las paredes y, a menudo, el ruido de una silla arrojada contra una puerta o un vidrio hacía desaparecer sus palabras. «¿Qué dices?», preguntó, a lo mejor el otro le contestaba, pero tampoco esta vez pudo oír porque Julius llegó con un encargo importante de mami. Había una silla que fue de Alfonso XIII en la habitación, y mami le rogaba no romperla. Había costado un triunfo conseguirla. Julius trató de comunicar su mensaje, pero lo interrumpieron, primero el ruido de un libro que Bobby descuartizó justito cuando él empezaba a hablar, pobres mis Mark Twain, y luego Juan Lucas: «A ver si desapareces, oye; esto sólo lo puedo arreglar yo.» —Vamos, muchacho... —¡Váyanse a la mierda todos! —Váyase, por favor —-le dijo Juan Lucas a Celso, que había seguido la escena, www.lectulandia.com - Página 292 azafate de plata en mano y muy respetuoso. —No hay nadie sino yo aquí... —¡Váyanse a la mierda todos! —¡Hombre, muchacho! —¡Quieres irte a la mierda por favor! —Entre hombres siempre... —¡Tú no eres mi padre! —Vamos, Bobby, vamos... —¡Alcahuete! ¡Cabrón de mierda! Ahí tienes algo que hace por lo menos treinta años nadie le decía a Juan Lucas; se desconcertó el golfista, por una vez no supo qué hacer. Bueno, sí, supo pero después de un ratito: no había nada que hacer por esta noche, tampoco debería intervenir en el asunto sin que Bobby se lo pidiera. En fin, dejar que las cosas vengan solas y que el muchacho caiga por su propio peso. Claro que él siempre podría ayudar en algo: «¡Julius!», gritó, y al verlo salir de su dormitorio, se le acercó para decirle en voz baja que ni él ni Susan iban a comer esa noche en casa, pero que por si acaso le dijera a Celso que distribuya unas cuantas botellas de whisky por los altos, mira bien que las coloquen en lugares estratégicos, ¿comprendes?... Bueno. Limítate a decirle a los mayordomos que pongan unas cuantas botellas de whisky a la vista para que tu hermano las encuentre a su paso. ¿Qué? ¿Todas?... No sea usted gilipollas, jovencito. Se trata de que las vea por todas partes y caiga en la trampa. ¿Qué? ¿La tentación?... Llámale como quieras, lo importante es que las vea. Luego con media botella bastará. A lo mejor cuando regresemos lo encontramos ya a punto. Veinticuatro horas después, el hambre obligó a Bobby a abrir la puerta, cuando ya casi todo el mundo había dejado de preocuparse por él. Triste caminaba el pobre por el inmenso corredor, la rabia lo había abandonado al terminar con todo lo que se podía romper en su dormitorio. El mismo lo había notado cuando inconscientemente respondió que sí, a la dulce pregunta que Susan le hizo esa mañana. «Darling, darling, ¿rompiste la silla de Alfonso XIII?» — «Sí», contestó, mirando su reloj. Eran cerca de las once de la mañana y empezaba a tener hambre. Ya no le quedaban fuerzas para rabiar. Pensó que no debería haber respondido a la pregunta de su madre, pero enseguida sintió algo así como un inmenso y blando ¡qué mierda!, luego una especie de alivio, una extraña sensación, como si tuviera neblina en la cabeza, por qué no sentía pena, qué pasaba, ¿realmente le había sucedido todo eso? Hacia el mediodía Celso vino a ofrecerle algo de comer, y él sintió que podría decirle entra Celso, vamos a conversar un rato, pero lo de anoche y la historia de su vida lo obligaban a responder ¡vete a la mierda!, con lágrimas en los ojos. A las dos de la tarde, sabía que abajo estaban almorzando y que Juan Lucas probablemente se estaba cagando en él y que toda oportunidad de que viniera a llamarlo como anoche www.lectulandia.com - Página 293 se había perdido precisamente anoche. Le vino el hambre, entonces, y fuerte. Con ese hambre ni hablar de tener cólera, imposible armar otro escándalo y pasar a primer plano, que no se olviden de mí, ¡hijos de puta! La neblina, otra vez, y el hambre fuerte. ¿Realmente le había ocurrido todo eso?... A las seis de la tarde miró su reloj, y casi se felicita por haber aguantado valientemente las cuatro horas que se había prometido aguantar. Sintió una nueva rabia y la soltó, pero no se oyó fuera, fue una rabia chiquita, sin importancia, se perdió en tres gritos que más tenían de sollozo y en unos cuantos mierdas pronunciados bajito, con la nariz y la boca aplastadas contra la almohada. Notó que se le terminaba esa rabia y miró su reloj, a ver cuánto tiempo había durado: sólo cinco minutos. Nadie se había enterado... De pronto otra vez la neblina y más fuerte el hambre, hasta frío, a las siete salgo. A las siete lo expulsaron todas las cosas que yacían rotas por el dormitorio. Llevaban horas acusándolo, hostigándolo, vergüenza te debería dar. De ahí la cara compungida con que ahora avanzaba por el corredor. Ver el dormitorio de Julius tan pacífico le dio un poquito de rabia, pero ya no confiaba en esas rabias que se te van inmediatamente y sin que nadie te las escuche. El baño de Susan, sin embargo, lo llenó de una furia que podía ser duradera, habría que estudiarla... duraba. Vio una botella de whisky, la primera de la colección que Juan Lucas había hecho distribuir sabiamente por el palacio, lo esperaba desde anoche. La abrió, olió, probó, el fuego del whisky lo hizo mierda, pero enseguida como que empezó a repartírsele por el cuerpo, entibiándole las piernas. Bebió otro trago, fuego controlado y, de pronto, sintió que una nueva fuerza le subía desde los pies, ahora por el estómago, ¡fuerzas! Una rabia que va a durar... Bobby regresó a su dormitorio con la botella. Y todos los techos mata-ruidos de Juan Lucas no bastaron para silenciar el escándalo de Bobby, que, esa noche, inició el segundo capítulo de sus furibundas aventuras por el palacio. Julius fue el primero en escuchar sus alaridos. Estaba mirando un programa de preguntas y respuestas en la televisión, cuando un grito que no era precisamente el «¡correcto y bien contestado!», del animador, lo hizo saltar de su asiento. «Mis Mark Twain», pensó, y salió corriendo hacia la escalera, pero sólo llegó hasta la mitad porque la tambaleante rabia con que bajaba Bobby no tardaba en llevárselo de encuentro.«¡Quítate de ahí hijo de puta! ¡mierda! ¡quieres que te mate!» Julius partió la carrera gritando ¡Deci! ¡Deci!, ojalá apareciera alguien por el camino para decirle que Bobby se había vuelto loco. No tardaron en enterarse todos. Primero les tocó a Susan y a Juan Lucas que estaban contemplando tranquilamente el triunfo de la noche sobre el polo y el golfito, cuando un alarido atravesó llamándolos el bar de verano. «Abrió», dijo Juan Lucas, pensando que era un buen momento para ir a buscarlo, pero en seguida notó que los gritos de Bobby se acercaban, venía donde ellos, era mejor esperarlo ahí. «Sentémonos», dijo, conduciendo a Susan hacia un sofá-mecedora que había en aquella terraza. Dejó un espacio libre entre los dos, como www.lectulandia.com - Página 294 si adivinara exactamente lo que iba a pasar: Bobby irrumpió, los vio, e inmediatamente sus gritos perdieron sílabas hasta convertirse en llanto puro, se abalanzó sobre la mecedora, incrustándose en el espacio que ellos le habían dejado libre, quería ahogar su llanto, que sonara menos, iba a cumplir diecisiete años y ya había cachado. Daniel, Celso, la Decidida, Julius y Universo, que andaba regando por ahí afuera, aparecieron en el momento en que Juan Lucas se dirigía al mostrador a servir tres copas, con la mano les hizo un solo gesto y todos desaparecieron automáticamente. Pero se quedaron por ahí cerca, escuchando... Sólo llanto, primero, y la voz de Susan, darling ¡oh no!, darling, no ha pasado nada, y Juan Lucas nuevamente sentado esperando que el muchacho empiece a hablar... ¡No! No era la niña nueva del Villa María, ¡ésa qué mierda! ¡Sí! ¡Sí! ¡Sí! ¡Peggy! ¡Peggy!... Susan miró a Juan Lucas y lo vio hacer un gesto de desagrado al producirse el nuevo estallido de Bobby. Estaba desconcertada y seguía mirando a Juan Lucas, como preguntándole si estaba bien morirse de pena o si era mejor no prestarle ninguna atención a los diecisiete años con cuernos. El golfista, en monólogo interior, decidió comprarle a Bobby un automóvil que ningún otro muchacho tuviera en Lima. En fin, eso habría que pensarlo un poco más, según como se desarrollen las cosas, en todo caso mejor no decirlo ahora. Ahora lo que había que hacer era dejar que el muchacho les contara su problema, que llorara la borrachera y luego que se fuera a dormir, con algún calmante mejor, el tiempo y otra chica eran la única solución, Bobby no era tonto y reaccionaría rápido... Pero la historia se complicaba. Resulta que Bobby nunca había estado interesado por la chica nueva del Villa María, nunca la había querido, ella le daba bola pero él sólo había querido a Peggy... Juan Lucas casi le dice entonces para qué te las das de don Juan, pero ya Bobby estaba completamente entregado y sólito les estaba llorando todo el asunto. No, él nunca la había engañado, ella sí, ¡ella no!, ella sí, ¡ella no!, ella coque, ella coquetea, ella coqueteaba con él, ¡no!, ella no coqueteaba con nadie síiiaaaajajjaj-jaj-jaj-jaj, él, jaj, él está en Santa María jaj jaj jaj... «Adiós trabajos —pensó Juan Lucas—. Problema de orgullo, ya veo la figura: uno del Markham se deja quitar la chica por uno del Santa María; esto termina en trompeadera escolar.» Le cogió la cabeza y lo obligó a mirarlo: «mala suerte y nada más», le dijo, pero entonces notó que tenía sangre en la mano, lo obligó a enseñársela: nada, probablemente se cayó con la botella, era sólo un pequeño corte, no era serio. Pero Bobby al ver que descubrían su mano ensangrentada sintió que la rabia le volvía: «¡Lo mato! ¡lo mato!, ¡Carlos!, ¡la camioneta!» Se incorporaba, cuando Susan le miró por fin los ojos y se lanzó sobre él para llenarlo de besos, por qué sus ojos me dijeron eso, ¡oh my God!> entonces eso era ser madre, yo lo soy feliz, «¡déjalo, Juan Lucas!, déjalo!, ¡me toca a mí ahora! ¡Pipo Lastarria le ha quitado a Peggy!, ¡darling!»... www.lectulandia.com - Página 295 Julius empezó a trompearse con Rafaelito Lastarria, pero para qué si seguro que el otro estaba dando sus primeros pasos de baile en el Casino de Ancón, y sobornando a los fotógrafos para que lo tomen bailando con la hija de la señora marquesa. Paró, pues, de romperle el alma y fue más bien para mal, ya que terminada la solidaridad con Bobby, otra idea le vino a la cabeza y hasta escuchó un leve ¡hurra!, que felizmente no pasó del pecho porque más hubiera sido pecado. Resulta que Juan Lucas se los quería llevar a todos a Ancón, a pasar una temporadita, aprovechando la inauguración de un edificio que acababa de construir en sociedad con Juan Lastarria. Y Juan Lastarria también iba a estar, ¡hurra!, sintió Julius, pero no lo dijo y por eso no era pecado: seguro ya tío Juan Lucas no nos lleva a Ancón, seguro ahí está Peggy con Pipo y tío Juan Lucas ya no nos lleva a Ancón, ¡hurra! Al día siguiente, a la hora del almuerzo, Julius seguía pensando que el solo deseo de no sentir hurra implicaba un propósito similar al propósito de enmienda y que por lo tanto estaba libre de culpa, cuando, de pronto, Juan Lucas anunció oficialmente que no había programa a Ancón, que para qué, que mucha gente en esta época, etc., y Julius dio un saltito por encima del propósito de enmienda y soltó un hurrita sin mover los labios, prometió no volverlo a hacer. Juró no volverlo a hacer al ver que Bobby entraba cabizbajo, aguantándose el dolor de cabeza y el otro. «No te preocupes, Bobby —se dijo, mirándolo sin que él lo viera—. Tú y yo nos vamos en la camioneta a Ancón, una sola tarde eso sí, nos vamos y buscamos a los Lastarria y les pegamos a los dos, ¿qué te han hecho tan malo?, mejor hago también propósito de enmienda de no pensar en esto porque se me vienen las lágrimas y seguro tío Juan Lucas va a decir y a usted qué le pasa, fíjate como no te enteras de nada, Bobby, con Cinthia nos enterábamos de todo.» Susan hubiera preferido no salir esa noche, no tanto por sus ojos un poquito hinchados y porque te has fijado cómo ha crecido Julius y cómo ya no es tan orejón, no tanto porque hace años que no recibía ni una sola línea de Santiaguito, le diré a Juan Lucas que lo traiga de vacaciones, sino porque acababa de enterarse de que Bobby muchas veces cuando le pedía dinero también hubiera querido besarla, y de que se había acostado con veintisiete prostitutas desde los catorce años, y de que, en lea, Nana Portobello, una bailarina que había nadado en la piscina de Abdula de Egipto, cuando era Abdula de Egipto, le había cobrado la propina de un mes y le había contagiado una gonorrea que Juan Lucas había pagado carísimo. Susan empezó a enterarse de cosas increíbles, ella lo supo todo a los dieciocho, pero esas gradaciones, ¿cómo? Ya no lo besaba ni lo acariciaba, ahora más bien se reía cuando él explicaba que con una venérea eres cabo, con dos sargento, con tres no sé qué y podían llegar hasta... «Hasta Presidente de la República», interrumpió Susan, y Bobby rió francamente, no mami, sólo a mariscal, y trató de seguir alegre, pero fue por eso que no besó tanto tiempo a Peggy y ella, debí habérselo dicho, ella, ella www.lectulandia.com - Página 296 empezó, ella empezó a coque, a coquete... Susan lo besó, ¿por qué no besaba a Peggy? No, no era contagioso así, con besos solamente, pero algo, respeto... Está bien, darling, no te preocupes, voy a pedirle a daddy que traiga a Santiaguito a pasar las próximas navidades con nosotros. Bobby la miraba, por momentos tenía vergüenza, por momentos se sentía cómodo. También ella le había contado cosas de su padre, siempre lo quería, no, no era como Juan Lucas, tienes que recordarlo, claro, eras muy pequeño, pero sus ojos, su mirada sonriente, irónica es inolvidable... ¿qué? No... No... Juan Lucas no hubiera venido si él... No, darling... «¡Sí, darling! ¡Voy!», respondió Susan al oír la voz de Juan Lucas. Pero hubiera preferido no salir. Julius también hubiera preferido que no saliera. Juan Lucas tenía la culpa. No de que ella saliera, eso era otra cosa. Pero por primera vez en su vida él veía clarito que Juan Lucas tenía la culpa. Siempre creía tener razón y siempre la tenía porque era más alto y hablaba muy bien, pero él no podía pasarse la vida sin tener razón hasta alcanzar la estatura de Juan Lucas y tampoco le interesaba tener nunca esa voz, porque con esa voz tienes razón mientras hablas y después ya no. Esta vez Julius tenía razón. Recordaba perfectamente haber preguntado, protestado, «¿todas?», cuando Juan Lucas ordenó que pusieran las botellas en lugares estratégicos. Gilipollas, algo así le dijo cuando él protestó, y quién era el gilipollas ahora, quién se había ido al coctel de los Pratollini, quién se había llevado a mami que era la única que tranquilizaba a Bobby. Y sobre todo: ¿quién se olvidó de ordenar que guardaran las botellas estratégicas? ¿Quién, ah? Tú, Juan Lucas. Tú, Juan Lucas. Susan vino hasta la repostería para anunciarles que salía con el señor Juan Lucas y que volverían tarde, no regresaban a comer. Abraham le dio una pitada insolente a su cigarrillo, allá ellos que no saben lo que se pierden, allá ella que a lo mejor lo pierde a don Juan esta noche, bien mejor conservado que está él. Susan no se enteró de la insolencia y dio unas cuantas órdenes más, que a Bobby le llevaran la comida a su dormitorio, que si quería salir lo dejaran, en fin, que no se preocuparan demasiado. Arminda alzó la cabeza cuando Susan ya había abandonado la repostería. Hasta este momento no había abierto la boca para comentar lo del niño Bobby, parecía no haberse enterado de nada, eso que todos ahí no paraban de hablar y hablar del asunto. Y no bien se marchó Susan empezaron nuevamente, Carlos con sus comentarios irónicos, Celso y Daniel con los suyos, respetuosos, Abraham siempre con su cantaleta, ya ven, ya ven, ya ven, nunca pagan las mujeres, y la Decidida repitiendo una y otra vez: sucede en las mejores familias. Lo volvió a repetir y Julius la miró, recordando de pronto que las botellas nadie las había guardado y que Bobby podría volver a emborracharse. Iba a decirlo, pero en ese instante Arminda se puso de pie: «Santiaguito la va a querer violar a Vilma», dijo, dirigiéndose lentamente hacia el atado de camisas que le faltaba planchar esa noche. «La Doña», comentó Carlos, dándose tres golpecitos con los nudillos en la www.lectulandia.com - Página 297 cabeza, al verla marcharse. Caso perdido la Doña, se le confundía el tiempo, los dejaba a todos en las nubes con sus salidas. Abraham apagó su cigarrillo y regresó a la cocina, mientras Celso y Daniel se disponían a poner la mesa para que comiera Julius. En cambio para Carlos el día había terminado, sólo le quedaba guardar los autos y marcharse. El grupo terminó de disolverse cuando la Decidida subió a los altos a abrir las camas, seguida por Julius que quería ver televisión un rato antes de comer. «En esta mesa falta una botella», pensó Julius, mientras avanzaban por el corredor de los dormitorios y los baños. Inmediatamente miró hacia la puerta cerrada del cuarto de Bobby, se oía música allá adentro. «La niña Peggy no está en Lima... sí, en Ancón.» Él ya lo sabía, llamó por marcar el número, más que nada porque la telefonista le había dicho dentro de diez minutos le damos su número de Ancón. Bobby volvió a poner su canción, la que ella le había regalado, la tenía en tres versiones distintas, pero ésta le gustaba más porque era la más triste. Bebió otro trago directamente de la botella, y saltó sobre el teléfono en cuanto sonó el timbre. Tampoco estaba, había ido a una fiesta en el Casino. Arrojó el fono, voló el tocadiscos de una patada y corrió a buscar la camioneta. Julius lo escuchaba, Juan Lucas no tenía razón. Celso abrió el portón del palacio, se tuvo que hacer a un lado para que Bobby no lo atropellara. Una hora más tarde, Julius comía silencioso, pensando que Bobby podía matarse en la carretera y que Juan Lucas no tenía razón. Celso contó en la repostería cómo lo vio partir, manejando con una mano y bebiendo de la botella con la otra. La Decidida decidió llamar a los señores y estuvo largo rato buscando el número de los Pratollini en la lista de teléfonos. Cuando por fin logró comunicarse, los señores ya se habían marchado y no se sabía adonde. La única solución era esperar, Carlos no estaba y no había quien pudiera coger el Mercedes y lanzarse a la carretera de Ancón en busca del niño Bobby. La Decidida gritó nuevamente lo de sucede en las mejores familias y le ordenó a Julius que se acostara y se durmiera en el acto. Pero una hora más tarde aún no se había dormido. Imposible con todo lo que se le venía a la mente. Primero anduvo imaginando que el verano terminaría tranquilamente con las diarias idas con Susan a la Herradura, muy tempranito eso sí, no bien terminaba con su matinal sesión de golfito, porque luego ella marchaba a reunirse con Juan Lucas para almorzar juntos en el Golf. No, no irían a Ancón, pero esta vez ya no sintió que el ¡hurra!, se le venía a los labios, por el contrario, el nombre de Ancón, sus playas, sus edificios, sus malecones se lo llevaron por otro camino y ahora avanzaba tranquilamente hacia el Casino a sacarle la mugre a Rafaelito Lastarria. Claro que había el problema de la edad, el otro ya debía andar camino de los catorce y era muy difícil pegarle a uno de esa edad, pero en todo caso ellos tenían razón porque a Bobby le habían quitado a Peggy, aunque bien raro que Bobby llorara tanto por una chica que vivía tan lejos, cuando al frente de casa vive www.lectulandia.com - Página 298 una chica linda, indudablemente se complicaba la vida o tal vez no porque la chica que se iba, que no se iba por el mal camino vivía también muy lejos, algo de eso tenía que haber en toda la historia del llanto de Bobby... De cualquier forma si el asunto marchaba mal, si Rafaelito Lastarria ha crecido mucho desde la última vez que lo vi, entonces Bobby puede pegarle a Pipo y después viene y me ayuda a mí... no, eso tampoco porque Bobby es mayor que Rafaelito, no tiene solución el asunto... Julius se dio la vuelta en la cama y apoyó la cabeza sobre el otro extremo de la almohada, estaba más frío y seguro le iba a dar nuevas ideas, todos bailando en el Casino y Bobby y yo entramos y todo el mundo corre, les sacamos la mugre, ¿cómo decía Carlos? ¿la mitra?, ¿la mocha?... Julius se dio otra vuelta, nervioso, intranquilo esta vez: por recordar las palabras invencibles de Carlos se le había apagado la escena en que Bobby y él le rompían el alma a los Lastarria, y la almohada estaba caliente por ese lado. Cerró los ojos, pero siguió viendo la mesa de noche con el retrato sonriente, conversador de Cinthia, se cubrió con la colcha, desapareció en la oscuridad total que formaba sobre su cara pero la colcha tenía pelusitas que le picaban en la nariz, arrojó sábanas y colcha, fue casi un puñetazo en la cara de Rafaelito, giró pero también la almohada estaba caliente, acababa de estar ahí, caliente el centro otra vez, entonces se abalanzó sobre la mesa de noche y encendió la lámpara, iluminando a Cinthia sonriente y conversadora. Lentamente la fue acercando a su cara, la tenía cogida con ambas manos y le iba preguntando, tendría quince años, si le gustaba bailar en el Casino de Ancón, ¿qué te gustaría?... Pero el marco de plata le enfriaba las palmas de las manos y en todo caso no había nada que hacer: seguro que la pelea de Bobby era en otro sitio y él ahí tratando de imaginarse que entraba en el Casino, ya ni siquiera eso porque la lámpara le iluminaba perfectamente cada detalle de su dormitorio y Ancón quedaba al otro extremo de una larga autopista... Apagó, sin ilusiones esta vez... para qué ilusiones si en cuanto forzaba un viajecito a Ancón una arruga en la sábana lo detenía. Los alaridos de la Decidida lo despertaron en plena noche. Pensó en temblores, terremotos y en el Señor de los Milagros, pero nada temblaba en el palacio y, cuando saltó de la cama, ya sabía que de peligro de muerte no podía tratarse. Algo distinto tenía que ser, pero se quedó sin averiguarlo hasta la mañana, porque al salir de su dormitorio para dirigirse a la sección servidumbre, se topó en pleno corredor con Bobby rabiando, gritando, corriendo completamente loco o borracho y atrás de él la Decidida en camisón, que seguía arrojándole cosas y que cada vez que lo alcanzaba le metía otro golpe. Celso y Daniel lograron contenerla, y a la fuerza se la llevaron nuevamente a su zona, mientras Bobby amenazaba a Julius con descuartizarlo si continuaba mirándolo y si le decía algo a mamá, por la mañana. Pero él qué iba a decir nada, si ya llevaban horas discutiendo y aún no lograba ver las cosas claras. Carlos, en la repostería, también anduvo un poco aturdido, aunque su www.lectulandia.com - Página 299 desconcierto duró menos que el de Julius. Resulta que, al llegar esa mañana, se encontró con la Doña tomando su desayuno, «buenos días, señora», le iba a decir, pero ella lo sorprendió repitiéndole lo del niño Santiago violando a Vilma, en el preciso instante en que aparecía la Decidida gritando que el niño Bobby se lo tenía bien merecido y con la cara toda arañada. Carlos sintió un escalofrío, peor todavía: sintió que ese escalofrío se le juntaba por un hilo tan inexplicable como helado con otro escalofrío en la repostería del antiguo palacio, por el mismo hilo regresó tembleque a la nueva repostería, y hasta hubo un momentito en que era allá el verdadero escalofrío y el de ahora lo estaba profetizando con el decorado de la moderna repostería y todo. Casi se le distorsiona el tiempo al del uniforme con gorra, casi agarra una nueva dimensión de lo profundo, pero ni hablar del peluquero y al que madruga Dios lo ayuda: sobre la marcha pidió que le calentaran su tecito para entonarse, mientras iba a sacar a Merceditas de su casa, cojudeces pa' los franceses... Seguía un poco preocupado Carlos, felizmente que al subir al Mercedes se encontró con su bigote perfecto en el espejo retrovisor, a este bigote con cuentos, ten paciencia, Hortensia, ten tesón, Ramón, todo a su debido tiempo: Santiaguito con Vilma allá, acanga Bobby con la Pechichona, mala está la Doña. Larga había sido la odisea de Bobby, llevaba horas tratando de explicarla coherentemente. Recordaba bien el comienzo, pero por nada les iba a contar que durante siglos la había buscado y que la encontró bailando, y cheek to cheek, y con Pipo Lastarria. Primero se cagó en él y le rogó a ella, pero no tardó en darse cuenta de que ella se cagaba en él y tuvo que enfrentarse con su primo. Recordaba patadas y puñetazos, nada definitivo, recordaba sangre suya y del otro, recordaba que lo echaban del Casino, que lo compadecían, que lo insultaban. Luego todo era una noche negra con él avanzando por pistas que nunca duraban lo suficiente, con miles de ideas que llevaban a la camioneta de curva en curva y a menudo lo ponían sobre un sardinel, frente a una casa, al borde de la muerte. Un ojo le dolía ya cuando entró al burdel... Pipo Lastarria le había cerrado ese ojo entonces... Un ojo le dolía cuando entró al burdel y cuánto quería que le hicieran caso y buscaba su dinero y no lo encontraba, gritaba su nombre y su apellido y nadie le hacía caso y otra vez su dinero no aparecía, hasta que pensó en la Decidida: mamá no estaba en casa y todos saben, mamá, Juan Lucas, Carlos, soy un cornudo, ¡no! ¡no! ¡no! Después todo empezó a salirle como él quería porque corría como un loco para matarse y la camioneta no se estrellaba nunca y cuando llegó hizo bulla y no quería que lo oyeran y nadie lo oyó. Sí, él ya tenía ese ojo hinchado, pero por nada del mundo les iba a contar quién se lo había hinchado, aunque ya se estaba arrepintiendo de haber acusado a la Decidida por los dos ojos. Juan Lucas, enterado de la larga descripción de Bobby, tenía ya sus sospechas y estaba dispuesto a creerles todo, tanto a él como a ella, aunque se contradijeran. La www.lectulandia.com - Página 300 Decidida gritaba que cuando el niño Bobby la «atracó», venía ya con un ojo magullado y con la camisa rota. Bobby lo negó rotundamente, pero de pronto también le empezó a dar vergüenza que una mujer le hubiera dado tal paliza. Entonces cambió, y dijo que a lo mejor se había equivocado, y que ahora que recordaba se había trompeado en un burdel y él le había roto el tabique nasal a un negro y que el negro había logrado conectarle un par de puñetes, uno en cada ojo, porque él estaba borracho, por supuesto, se había bebido dos de las botellas que encontró en los altos. «¡Mentiras! —gritó la Decidida, reivindicando para ella uno de los ojos negros—. No por placer, señor, nada más desagradable para una mujer pobre pero honrada; no por placer sino porque mi honor así me mandó defenderme.» Juan Lucas suspiró y ordenó hielo para un gin and tonic. «Calma, calma, dijo: esto se puede arreglar fácilmente, ¿qué opinas tú, mujer?» Susan casi levanta la mano para contestar, qué miedo, la habían cogido desprevenida, estaba pensando en el mal gusto de los chicos, habrá que traer a una enana para cuando Julius empiece con lo mismo... ¿Qué opinaba? Opinaba que Deci era una mujer muy buena y eficiente, que felizmente el mar no llegó... —La sangre no llegó al río —corrigió la Decidida. ... sí, al mar. Habría que pagarle el pijama que le habían roto y, sobre todo, opinaba que Bobby debía pedirle perdón en el acto y prometerles a todos que no volvería a tomar whisky de esa manera. Eso era lo que opinaba y, no bien terminó, volteó linda, sonriente y aterrorizada a mirar si la Decidida estaba de acuerdo con lo que opinaba. Totalmente de acuerdo. La Decidida consideró que el asunto se podía olvidar y que el niño Bobby había actuando movido por el despecho, que el despecho era un sentimiento huraño que, mezclado con el licor, podía llegar a ser un despecho enfurecido, pero precisamente esa maldad no era por consiguiente el resultado de la maldad del niño Bobby sino del licor más el despecho que eran circunstancias atenuatorias del atraco. En esa casa se habían respetado sus derechos y una mancha negra se borra con un futuro decente, además el despecho es humano y la situac... —Bobby, pídele perdón a esta señorita —ordenó Juan Lucas. Bobby le dijo que había estado borracho y que lo perdonara; la Decidida ya iba a arrancar con más sobre el despecho, pero Juan Lucas la volvió a interrumpir, diciendo que todo estaba arreglado, que no había rencor que guardar y, justito cuando ella trató de soltar algo más, rogándole que le trajera el hielo picado de la repostería para prepararle un brebaje especial al niño Bobby, a ver si le quitamos esa cara de miserable, con esa cara no me lo dejan entrar al Golf. Bobby sonrió, Susan sonrió, y Julius loco porque la Decidida se vaya para preguntar el significado de la palabra despecho. «Voy por el hielo», dijo, por fin; Susan y Juan Lucas ya iban a soltar la risa por el pecho temblando mientras decía despecho, pero ella era siempre quien www.lectulandia.com - Página 301 concluía: «No se preocupen, señores, sucede en las mejores familias», les dijo, antes de retirarse. A la cocina llegó loca de contento con su cargamento para la ciudad. Le habían dado amplia satisfacción y no tenía ningún inconveniente en repetirles la escena ocurrida. «¿Negro? —la interrumpió Carlos, cuando llegó a la parte de la trompedera en el burdel—: ¿de cuándo aquí los Lastarria son negros? A ése el que lo ha sonado es su primo Lastarria, el mismo que lo ha adornado... ¿Negro?, jajá-ja, ya quisiera verlo frente a un moreno, de un gargajo me lo ahogan.» En el bar de verano, tres buenas salidas de Juan Lucas lograron que Bobby lo mirara cara a cara y le sonriera. Había copa para todos, no tardaban en estar listas, en cuanto la Decidida se acordara de traerles el hielo. Pero Bobby dijo que no corría tanta prisa, primero iba a tomarse un alka-seltzer, ya regresaba. Juan Lucas aprovechó su momentánea ausencia para comunicarse con la cocina: que quitaran y escondieran las botellas de whisky, por favor, gracias. Cuando levantó la cara para seguir con su buen humor, se encontró con los ojos de Julius mirándolo acusadoramente. Una gota gorda de sudor resbaló por la melena larga y azabache de Arminda, mojando, al caer junto a un botón, la seda color marfil de la camisa. Arminda descubrió la gota, pero, a su lado, en un extremo de la tabla de planchar, tenía la vasija con el agua para salpicar humedeciendo la tela y facilitar su perfecto planchado; introdujo entonces, hasta la mitad, cuatro dedos en el agua y continuó salpicando porque eso no era suficiente... Ahora sí. Sus dedos quedaron mojados, aprovechó para secárselos en la cara porque hacía tanto calor, pero al bajar la mano continuaban mojados y, como siempre, se los secó en el traje negro. No se dio cuenta de haberlo sentido húmedo y caliente como la camisa, la camisa húmeda y caliente, claro, el agua, la plancha hirviendo, apoyó nuevamente la plancha para seguir... Como siempre, se hallaba sola a esas horas en el cuarto de planchar. Una vez Juan Lucas había pasado por ahí afuera, por ese corredor, cuando el arquitecto de moda insistió en mostrarle la sección servidumbre, primero, y luego esa otra sección, tres cuartos alineados a lo largo de un corredor que terminaba en una puerta cuya belleza anunciaba el lujo de la sección familiar del palacio. El corredor y los tres cuartos eran blancos; uno era el cuarto de planchar, el de al lado, el cuarto de costura y el otro podría servir para que duerma alguna enfermera o alguna monja de la Caridad, si algún día operan a uno de los chicos de las amígdalas, algo así. Pero los chicos se operaban en el hospital y nadie estaba enfermo en casa, y el segundo cuarto tampoco se usaba porque la Decidida zurcía en su dormitorio. Arminda estaba en la repostería cuando Daniel se despidió porque le tocaba su salida. Celso tampoco andaba por ahí, ella lo había visto salir en dirección al pequeño patio interior, en cuyo piso de locetas depositaba la platería, para luego pasarse horas limpiándola, terminaba de noche. Hoy no le tocaba venir a Universo, y la Decidida www.lectulandia.com - Página 302 había partido en el Mercedes con Carlos acompañando a Julius donde el dentista. El señor, la señora y el niño Bobby habían ido a almorzar al Golf, no regresaban nunca antes de las siete de la noche. «Adiós, señora. Hasta la noche», le dijo Abraham, y sin saber por qué, ella se sintió más tranquila al ver que la repostería quedaba vacía, y que en los altos tampoco había nadie. Siempre subía a esa hora a planchar, pero hoy le parecía que era la primera vez, no se explicaba muy bien ese interés en verlos marcharse, ese afán de subir a trabajar sabiéndose sola. Se detuvo un instante en el descanso de la escalera, se descubrió escuchando: ni el menor ruido, los vio marcharse nuevamente, a Celso lo recordó afuera, frota y frota una tetera de plata. Arriba, se desvió un poco para escuchar que la Decidida no estaba en su cuarto, pero se acordó y continuó avanzando tranquilamente; todos los dormitorios vacíos, el baño del servicio con la puerta abierta y sólo silencio adentro, luego los tres escalones al corredor blanco, al fondo la puerta cerrada, en todo caso la familia estaba en el Golf, Julius donde el dentista. Se asustó porque ya no tardaba en terminar el verano, pero cuando aguaitó se quedó más tranquila: «Victoria Santa Paciencia, la costurera, aún no ha venido para los uniformes de los niños.» Retrocedió, pero no había nadie tampoco en ese cuarto blanco, sin muebles que, a veces, llamaban la enfermería. Vio con agrado, sobre la mesa blanca, el atado con muchas camisas del señor. Avanzó para cogerlo y abrirlo, como siempre el sol la cegó, una vez ella pensó en pedir cortinas para esa ventana, después se las había arreglado con poner periódicos mientras trabajaba, pero ahora le daba cansancio más que flojera acomodarlos, bastaba con ponerse de espaldas a la ventana cuando planchaba. El agua estaba ahí, en un extremo de la tabla de planchar; pestañeó para acordarse que ayer había llenado la vasija, pero se le borró para siempre haberla llenado jamás en su vida, volvió a pestañear, no le molestó quedarse sin ese trocito de pasado para siempre. Hay agua. Enchufar la plancha. Volteó porque el enchufe estaba al lado de la ventana, nuevamente la cogió el sol, la cegó completamente. Se agachó para enchufar, en cuclillas descubrió que ya no tenía cuerpo, era un enorme mareo, luego le volvía el cuerpo lleno de náuseas, saltó una chispa al enchufar, siempre rezaba, soltó el enchufe porque ya no saltaban chispas, se irguió con los ojos cerrados, llenecita de chispas en la oscuridad, la vio venir, sí sí, detrás de los árboles, de las casas, detrás de todas las chispas la vio venir, cómo no lo supo antes para no abrir los ojos, justo los había abierto cuando ella aparecía, por ahí detrás de las casas, de los árboles. Miró todo lo que pudo al sol y cerró los ojos. Últimamente Arminda creía con toda su alma en los milagros y aquello tenía que ser un aviso. Como tenía mucho que planchar, regresó hacia la tabla y extendió la primera camisa. Había que ser muy cuidadosa junto a las iniciales bordadas del señor. Sus manos estaban limpias. Empezó a planchar, a sentir en su cuerpo el calor que www.lectulandia.com - Página 303 despedía la plancha eléctrica, era agradable, se mezclaba con el calor del sol que seguía quemando fuerte por la ventana, que por momentos dibujaba chispas en los vidrios, ahora que ella se había puesto frente a la ventana para mirar de rato en rato, abrir y cerrar los ojos a cada rato... Gotas gordas de sudor resbalaban por la melena larga y azabache de Arminda, mojando, al caer, la seda blanca de la camisa. Ella las veía, suficiente; se secaba entonces la mano en el traje negro y apoyaba nuevamente la plancha. Empezaba a cansarse, el sol se ponía y cada vez más ella lo miraba fijamente, siempre nada; humedeció la manga de una camisa, se dejó cegar por el sol, la vio aparecer y desaparecer, venía pero la cubrió la vasija de agua que, en un trocito de su pasado, hace un momento, se había caído al suelo. Se iba a preguntar por esas gotas sobre la tela pero ellas mismas la hicieron agacharse a recoger la vasija, sonrió al verla venir, arrepentida, avergonzada, venía escondiéndose detrás de la vasija, pero ahora ella, tu madre, corría a rescatarla y le ordenaba bájate de esa carreta, ¡Dora!, ¡mi hija!, obediente, sumisa, ella saltaba de la carreta y el heladero de D'Onofrio desaparecía de su sonrisa y al fondo la felicitaban Vilma, Julius, Nilda, el señor Santiago, la señora Susan, la niña Cinthia, Celso, se le borraba Celso y trataba de atraparlo, se le borraba Daniel y trataba de atraparlo, saltaban, se le escapaban, se le borraban todos, todos volvían, aparecían, Julius desapareció, desaparecieron todos, todos menos su hija, se quedó tranquila, sonriente, pensando que seguro las había dejado solas para que conversaran un rato. Celso corrió a abrir el portón cuando oyó la bocina del Mercedes. «Traigo un herido», dijo Carlos, mirando burlón a Julius, que venía adolorido y furioso porque el dentista le había cogido mil veces el nervio con la maquinita esa... Estacionó a Merceditas a un lado del gran patio, detrás de la carroza que ya tenía una rueda rota porque Bobby, al entrar el otro día borracho en la camioneta, le había dado un buen topetón. La Decidida fue la primera en bajar, ofreciendo té para todos, menos para Julius, «a ti te voy a preparar una bolsa de hielo», le dijo. Los cuatro entraron por la puerta de servicio y se dirigieron hacia la repostería, en el pasadizo sintieron olor a quemado. «¡Arminda!», gritó la Decidida, y los cuatro corrieron a los altos. Estaba tirada en el suelo, junto a la vasija de agua, y la tabla de planchar caída encima de una pierna. La plancha estaba a su lado, en el suelo, semienvuelta en una camisa agujereada y chamuscada. Pensaron que era un vértigo, pero inmediatamente se dieron cuenta de que estaba muerta. Carlos se quitó la gorra, Celso empezó a llorar de miedo y la Decidida buscó palabras apropiadas, pero no era el momento y los tres pensaron de golpe en el teléfono. Después se preguntaban a quién llamar en estos casos y Julius, casi pidiéndoles permiso, sugirió buscar en la lista especial que mami tiene junto al teléfono de su cama. Carlos les dijo que corrieran, yo me quedo con www.lectulandia.com - Página 304 Celso, ¡corran ustedes dos!, vamos a ponerla sobre la mesa. Julius y la Decidida salieron al corredor y se apresuraron al dormitorio de Susan. Había que llamar al Golf, primero; no, había que llamar al médico de la familia, primero; ahí estaban todos los teléfonos; ¿a quién llamaban primero?, ¡a cualquiera! Llamaron al médico de la familia y estaba en el Golf. Llamaron al Golf y no estaban ni el médico de la familia, ni Juan Lucas, ni Susan, ni nadie. Podían llamar a la tía Susana, pero estaba en Ancón; no, siempre venía a Lima. Julius marcó el número de la tía Susana y sí estaba en Lima pero a esa hora iba siempre a confesarse, hablaba el guardián no, no había nadie más en casa. Julius colgó y la Decidida lo acusó de no haber dejado un mensaje. Cogió el fono para llamar de nuevo pero en ese instante sonó la bocina del Jaguar, afuera, y con ella la de la camioneta, una y otra vez: Bobby exigiendo que le abrieran en el acto. «¡Ese niño no sabe lo que hace!», maldijo la Decidida, corriendo hacia la escalera. Entraban los automóviles cuando la Decidida apareció corriendo y gritando, interrumpiendo la asustada versión de Celso, creando más confusión, y por fin haciéndoles saber que habían encontrado a Arminda muerta en el cuarto de planchar. «El médico debe estar en camino a su casa», dijo Juan Lucas, bajando del Jaguar, mientras Susan, inmóvil en su asiento, había apoyado los codos sobre las rodillas, ocultando luego la cara entre la palma de sus manos. Se movió al recordar a Arminda planchando las camisas de Santiago, poco después de su matrimonio... Hubo que hacer algunas diligencias, todo lo hizo Juan Lucas muy bien, un poco fatigado eso sí. Reinaba el silencio, caminaban en punta de pies, hablaban sólo lo indispensable y bajito. Juan Lucas propuso llevarla a su dormitorio, pero la Decidida dijo que ahí había trabajado siempre y que ahí debían dejarla descansar. Susan asintió con la cabeza, y la Decidida rompió el miedo con un llanto sonoro y contagioso. Celso, también lloraba y Carlos se jalaba el bigotito para que no se le escaparan las lágrimas. «Hay que avisarle a Universo y a Daniel», dijo Susan, y Carlos se le acercó, voy señora, se puso y se quitó la gorra, se le escaparon las primeras lágrimas mientras corría al automóvil. Juan Lucas regresó, después de haber acompañado al médico hasta la puerta. Caminando por ese corredor, recordó cuando el arquitecto se lo había mostrado, desde entonces no había asomado por ahí. «Bobby y Julius —llamó—: ¿por qué no suben un rato a sus dormitorios?» Pero ni Bobby ni Julius salieron del cuarto en que descansaba Arminda, y él ya no insistió porque estaba pensando que no sería mala idea trasladar al primer cuarto el de costura, dejamos este cuarto de planchar vacío, es un lugar ideal para instalar el ascensor... Entró a respetar un poco, pero salió disgustado al ver que Abraham aparecía emitiendo gemiditos y caía arrodillado frente a la mesa, ¡tan buena como era!, ¡tan buena como era!, usted perdone, donjuán, pero Juan Lucas ya no estaba. «Poor thing», pensó Susan, pero maldijo saber inglés y sintió una pena horrible. www.lectulandia.com - Página 305 Comían silenciosos y, más de una vez, Juan Lucas se había llevado la servilleta a la boca con un gesto nervioso. Bobby insultaba en silencio a Arminda, por culpa de ella no podía salir a emborracharse, pero ahí mismo cambiaba y sentía pena y luego rabia porque la pena se le iba y él quería llorar y que fuera de pena, Peggy tenía la culpa. Julius empezó a sollozar, y Juan Lucas a llevarse la servilleta nerviosamente a los labios, entonces Julius soltó el llanto mirándolo y él bajó la servilleta, la dejó sobre sus piernas, y estoy seguro que hubo un momento ahí, en que todos sintieron pena y recordaron a Arminda y sintieron su última presencia, descansando allá arriba, muerta. Bobby no salió esa noche. Tampoco la noche siguiente. Se portó bien y cumplió con su promesa de pasar por lo menos cinco horas en la capilla ardiente. Es verdad que cada vez fue espaciando más sus permanencias, pero logró completar cinco horas y tuvo momentos de pena, y si le costaron tanto trabajo fue por culpa de Peggy, no de Arminda, aunque lo desgarraba el deseo de salir y emborracharse y sentir que amistaba y luego, cuando le empezaban las náuseas, correr a un burdel, encamarse hasta llorar, correr sobre todo a ese burdel donde creía haber visto una cara conocida. Esta noche podría hacerlo, pero no debería pensar en esas cosas durante el entierro. Juan Lucas había dirigido todo al comienzo, luego dio órdenes precisas que Carlos, Celso y Daniel iban transmitiendo, en su debido momento, a los negritos elegantes de la funeraria. «Entierro de primera clase, pensó, satisfecha, la Decidida. Los señores son señores bien. El señor se ha portado; a una lavandera de primera, un entierro de primera», pero esta fórmula le sonó un poco falsa y prefirió no seguir pensando y más bien ayudar en todo lo que fuera necesario. Pero las instrucciones de Juan Lucas, transmitidas por Carlos, principalmente, bastaban. Lo mejor era que ella se fuera junto a Julius que estaba muy nervioso, a pesar de los calmantes que la señora no debe darle tantos. Julius seguía atento el traslado del ataúd, lloraba por momentos, pero ahora, por encima de su pena, había alguna idea. Bobby ya se había dado cuenta: todo el tiempo había estado preguntando por dónde iban a sacar el ataúd. En cambio anoche había estado muy poco preguntón para lo que suele ser... Y es que anoche Julius no tenía aún nada que preguntar. Arrodillado en la capilla ardiente, pasó largo rato pensando en el entierro de su padre y en Cinthia preguntándole a mami por qué a Bertha se la habían llevado por la puerta de servicio, la puerta falsa la llamaban. ¿Cinthia cómo pensó en el entierro de Bertha, la caja, el peine, la escobilla?... Cinthia también había muerto... Lloró entonces, y vinieron a llevárselo, pero en cualquier lugar, en el baño con Susan dándole pastillas, en su dormitorio, acostado, seguía pensando en Cinthia: ella habría tenido alguna idea para Arminda... Esa mañana preguntó muchas veces por dónde iban a sacar el ataúd. Se quedó tranquilo cuando Celso le repitió las instrucciones dadas por Juan Lucas. Tan www.lectulandia.com - Página 306 tranquilo que se olvidaron de él hasta que la Decidida vino a pararse a su lado, porque lo empezaba a notar muy nervioso. Los negritos elegantes de la funeraria acababan de cargar el ataúd y se disponían a trasladarlo hacia la escalera de servicio. Julius aprovechó que todos habían bajado la cabeza para anticipárseles, bajó corriendo y cerró por detrás la puerta del pasadizo que llevaba hacia la puerta falsa. Salió por esa puerta al jardín y corrió para entrar nuevamente al palacio por la terraza del bar de verano. Juan Lucas lo vio pasar y se puso de pie, pensando que el traslado debía haber empezado. Avanzó lentamente hacia el interior del palacio porque Susan aún no había bajado y prefería esperarla. Mientras tanto, Julius había regresado al pasadizo y esperaba parado delante de la puerta. El ataúd estaba ya en los bajos y se acercaba. Entonces él trató de abrir la puerta, no pudo, y señaló el corredor, por el otro lado. «Por aquí también se puede», dijo, y los negritos elegantes de la funeraria obedecieron porque era lógico, a todos les pareció lógico que la puerta alguien la hubiera cerrado por distracción. Continuaron avanzando y Julius abriéndoles puertas y más puertas, hasta que aparecieron en el inmenso hall donde Juan Lucas esperaba que Susan terminara de bajar la escalera. Julius señaló la gran puerta, al fondo, más allá de todos los inmensos salones, era sólo cuestión de seguir de frente. Juan Lucas se hizo a un lado, muy tarde para protestar, para preguntar quién había alterado sus disposiciones: ya todos pasaban delante de él, de Susan, y Susan se unía al grupo. Julius se había quedado atrás, desde ahí alcanzaba a ver dos carrozas, una era un gran automóvil negro, desde ahí atrás alcanzaba a ver cómo el entierro de Arminda salía por la puerta principal del palacio. Victoria Santa Paciencia trató de contarles lo mucho que le había costado ubicar la casa, no tenía costumbre de venir por esas nuevas urbanizaciones, tan bonitas, tan modernas. Trató también de decirles lo maravillosa que encontraba la casa, el buen gusto que reinaba, pero cada vez que abría la boca, Bobby la interrumpía diciéndole apúrese, de muy mala gana. En cambio Julius quería verla hablar más, le encantaba verla abrir y cerrar mil veces la boca sin que se le cayera ni uno de los alfileres que se iba metiendo entre los labios mientras descosía o señalaba. La tiza también se la ponía en una oreja y, por más que se agachaba hasta el suelo, nada de caérsele, una artista era Victoria. Además, hacía honor a su apodo, Santa Paciencia, porque Bobby la estaba tratando muy mal y ella no se inmutaba, seguía sonriente y con la boca llenecita de alfileres. Y no se le caían; ni siquiera ahora que estaba agachada, mirando al suelo casi, y preguntándole a Julius si le agradaba cambiar de colegio, ¿te gusta tu uniforme nuevo? «¡Apúrese, mierda!», gritó Bobby, y el suelo se regó de alfileres. Victoria se incorporó para dibujar la solapa en la tela del saco, tenía lágrimas en los ojos y estaba muy pálida. Bobby quiso pedirle perdón, pero Peggy tenía la culpa y repitió ¡apúrese mierda! Trató de arreglarla inmediatamente: lo esperaban, llevaba ya mucho atraso, era una cita importante. Victoria le dijo ahorita termino contigo, www.lectulandia.com - Página 307 Bobby, falta sólo marcar los ojales, pero los nervios le impedían apurarse, además se confundía de oreja al buscar la tiza y al llevarse la mano a la boca porque necesitaba un alfiler, los alfileres habían desaparecido. «Listo, Bobby», se le escapó, contra sus principios porque no le gustaba hacer las cosas al cálculo, pero ya después vería cómo hacer para los ojales. Bobby salió disparado y no regresó hasta muy tarde en la noche. Llegó con una rabia alegre y forzada, contento y furioso. Había satisfecho su orgullo, sin embargo la misma pena continuaba en el fondo. Y lo que hizo esa noche, frente a sus padres, lo repitió varias veces en casa, la semana siguiente: sin querer dejaba caer la billetera y con ella aparecía en el suelo la foto de una chica. «¿Nueva novia?», le preguntó Juan Lucas. También sus compañeros de clase le hicieron la misma pregunta: ¿nueva hembrita? Carlos, por su parte, explicó sonriente, en la repostería: un clavo saca otro clavo. Pero todos notaron que se trataba de clavos muy diferentes; Maruja nada tenía que ver con la naricita respingada y las desinteresadas curvas con que Peggy había desfilado un día en el té-bingo-desfile de modas, que las señoras miembros del Comité probarriadas-aún-no-clasificadas, organizaron en los amplios salones del Hotel Crillón. Peggy presentó tres modelos de la Boutique Musée du Louvre (es de madame Mireille Monaco y de Papotita Castro y Castro). La peinó Pier Paolo Cajahuaringa. La despeinó también, porque terminado el desfile, ella le pidió que le soltara el pelo que se lo escarmenara un poco y que se lo dejara así no más, suelto y lacio como a ella le gustaba, porque mañana iba a jugar tenis o a montar a caballo, aún no lo sabía. Maruja también había desfilado pero eso fue hace ya un año, cuando quedó con las justas segunda en el concurso «Todas las playas de mi Perú», al cual llegó representando a la muchachada de Huaral. Se picó cuando coronaron a la otra, y hasta declaró que había perdido porque «Miss Todas las playas de mi Perú» usó bikini dorado. Felizmente se controló y cuando vino lo de las fotos y las declaraciones para el periódico, dijo que la ganadora había ganado porque merecía ganar. Después se la llevaron a la Herradura y posó sentada en una roca, mirando al mar, y declarando que entre los músicos su preferido era Beethoven, y que aspiraba a ser modelo de la tele. Sí, también el cine nacional le interesaba pero para eso le faltaba mucho estudio de arte dramático. Mintió que aún no conocía el amor, pero aseguró que era de temperamento romántico y más bien apasionado. Pasaron las emociones del concurso, y Maruja se fue a vivir con su madrina, no muy lejos de un canal de televisión. Pasaron también los meses y Maruja empezó a perder las esperanzas porque el canal estaba llenecito de chicas tan guapas como ella. Así hasta que un día su madrina empezó a acusarla de floja, de no trabajar, ¡tanto tiempo frecuentando esos lugares y hasta el momento ni un solo muchacho que valga la pena! La verdad es que sólo había habido un argentino buenmozón pero que también trataba de ser modelo. Felizmente que no lloró Maruja; felizmente porque si Bobby la www.lectulandia.com - Página 308 hubiera visto con los ojos hinchados, a lo mejor no hubiera pegado el frenazo que pegó ni hubiera dado siete vueltas a la manzana, desembocando siete veces en trompo en la misma esquina. Pero él le vio todo menos los ojos, ya se la estaba imaginando en alguna playa solitaria del sur, y cada vez que la veía desnuda apretaba el acelerador a fondo y picaba nuevamente rumbo a la esquina, y a otra vuelta a la manzana para aparecer en trompo y pasar nuevamente frente a ella, mirándola, no atreviéndose a mirarla, hasta que Maruja le hizo su adiosito, casi bajo la cartera, y le soltó su sonrisita, entonces pegó la frenada definitiva. Le compró un bikini dorado y un reloj de oro y la escuchó mientras ella le hablaba tendida a su lado en una playa solitaria del sur. Trató de quererla porque era mayor que él y un lomazo y si la quería ya no iba a querer a Peggy y a lo mejor su herido orgullo se curaba para siempre. Hizo todo lo posible por quererla; la escuchaba, ponía atención cuando ella le contaba de su vida, escuela para señoritas número 27 del distrito de Huaura. Un día hasta se imaginó entrando a la casa de su madrina y tomando té los tres y él emocionado, eso podría ser el amor, porque es pobre pero honrada, pero después pensó en Juan Lucas pidiendo la mano de Maruja y de pronto se descubrió prestando verdadera atención a sus palabras, las que usaba cuando le hablaba al oído, Santiago ya se la hubiera tirado, ¡huachafa de mierda!, tíratela si no la puedes querer pero ¿y Peggy?, ¡cojudo!, ¿no te das cuenta de el lomazo que te estás perdiendo?... Entonces se lanzó a romper el bikini dorado, aprovechando que ella le decía soy de temperamento más bien romántico y apasionado, cayó tapándole la boca con la suya, y cuando se apartó un poco para acomodarse mejor y respirar, el insulto se le vino con tal fuerza que no tuvo más remedio que insistir, lanzándose nuevamente para incrustarle la palabra maroca entre los labios. En un par de semanas Maruja lo tenía agobiado; sin embargo Bobby acababa de cumplir diecisiete años, y cada vez que dejaba caer la foto para que alguien descubriera, ya no que tenía una nueva enamorada, sino que estaba saliendo con un hembrón, se descubría muerto de ganas de ir a verla. Una tarde que no la encontró (había olvidado que ella tenía cita en la televisión. El mismo le había falsificado una tarjeta de recomendación para el gerente del canal, con la firma de Juan Lucas), Bobby no tuvo más remedio que seguir su loca carrera en la camioneta hasta desembarcar en un bulín de la Victoria. Tremenda desilusión: costó dinero y ni compararla con Maruja. Además, buscó la cara conocida de la vez pasada pero no la encontró, ése era otro asuntito que a veces lo hacía pensar: casi no se fijó en esa cara, la primera vez, sólo cuando la mujer se ocultó, él pensó quién puede ser, y ahora estaba pensando lo mismo, pero ¡a la mierda!, porque Maruja me dio cita a las diez y ya van a ser las diez. Voló hasta el interior en que vivía Maruja y anunció su llegada con tremenda frenada, seguida de inmediato por tres toques a la primera bocina, la www.lectulandia.com - Página 309 Marcha del Río Kwai, y tres a la segunda, talín-talán, talín-talán, talín-talán. Maruja apareció rapidito y avanzó concursando riquísima hasta la camioneta. Subió sonriente, le habían prometido una prueba en el canal para dentro de un mes, sólo una prueba, pero ya era algo. Bobby lo festejó haciendo sonar ambas bocinas al mismo tiempo y picó rumbo a la Pera del Amor, donde unos quince minutos más tarde, convertía los asientos de la camioneta en impresionante cama de dos plazas, con su almohada y todo. Maruja se dejó besar, se dejó abrir un poco la blusa y, cuando él ya iba para más, dijo stop y se quitó. Y se siguió quitando. Bobby enfureció, rabió, gritó, chilló, la llamó ¡maroca de mierda!, y ella se siguió quitando todas las noches. Por fin un día le dio una explicación: nada hasta que terminara el colegio, nada tampoco después, hasta que consiguiera un trabajo en una de las haciendas de su papi, tampoco nada, entonces, y nada más tarde cuando él viniera a su casa y pidiera su mano y fueran novios, nada hasta que se casaran como Dios manda. Bobby le gritó ¡maroca de mierda!, se largó furioso y empezó a ciriar a una de Villa María. A la semana siguiente regresó. Maruja lo recibió tierna y sonriente. Lo llenó de besos y se dejó llevar, sentadita a su lado acariciándole el cabello, hasta la Pera del Amor, donde Bobby armó la cama de dos plazas y se lanzó prometiéndole inminente boda, justito en el momento en que ella se quitó. En el Markham lo botaron tres veces seguidas de la clase por mandar al diablo al profesor de castellano; hasta lo amenazaron con expulsión si seguía portándose tan mal. Pero él insistía en ser malo y un día hizo trompearse a Julius con uno más grande, y cuando vio que Julius llevaba la mejor parte, le dio un cocacho y lo mandó a la mierda. Todo le salía mal y Maruja se le seguía quitando noche tras noche. Lo único positivo era que ya no pensaba en Peggy. Además, ¿quién dijo que ya no pensaba en Peggy? Esa misma tarde desembocó por el óvalo Gutiérrez, y cuando menos se lo esperaba, otra camioneta le tocó la Marcha del Río Kwai, y pasó Pipo Lastarria con Peggy sentadita a su lado y más bonita que antes. Picó, aceleró a fondo, pero un carro se le cruzó y los tortolitos se le perdieron en la siguiente curva... Qué tal si se confesaba, a lo mejor su suerte cambiaba, hablar con alguien, confesarme, ¡No!, ¡qué confesión ni nada!... ¡Claro!, esa sí era una buena idea: escribirle una carta a Santiago y contarle todo, pedirle un consejo. Picó y aceleró de nuevo, rumbo al palacio esta vez. Años que no veía a su hermano; siglos que no recibía una carta de Santiago; ¿cómo era Santiago? No lo sabía más que por las breves cartas que, muy de vez en cuando, le enviaba a Juan Lucas, y por las fotos que enviaba cada vez que se compraba un auto nuevo. Pero él admiraba a Santiago, siempre lo había admirado, un gran tipo, el año en que estudió Agronomía en Lima fue un constante cambiar de enamoradas, nunca una chica lo dejó como a mí, a lo mejor se caga de risa si le www.lectulandia.com - Página 310 cuento todo lo que siento, a lo mejor me manda al diablo y me dice anda a llorar a las faldas de mamá. Horas llevaba el pobre Bobby tratando de comunicarse con su hermano, ya se estaba hartando de seguir ahí sentado, mirando el papel aún en blanco y el lapicero sobre la mesa. Cada vez que lo cogía era para dejarlo nuevamente. Se había quedado en lo de «Querido Santiago». Cogió el lapicero y agregó dos puntos y otra vez no supo cómo demonios empezar... Santiago: si no te gusta mi carta no la leas, ¿pero entonces cómo se va a enterar de que no le gusta? Santiago: estoy hasta las patas. Peggy me ha puesto cuernos. Estoy saliendo con un hembrón pero es medio pelín y no la puedo querer. Sin embargo, algo raro pasa porque desde que no quiere tirar conmigo estoy enamorado hasta las patas de ella; casi tanto como de Peggy. Todo me sale mal. Ella se llama Maruja y quiere que me case con ella. No comprendo lo que me pasa. Si te gusta una mujer te casas con ella (claro que todavía porque me falta terminar el colegio y estudiar algo y ponerme a trabajar). A mí me gusta Maruja y me quisiera casar con ella, pero siento que cuando me case con ella ya no me voy a querer casar con ella... ¿Comprendes? Yo tampoco. ¿Cómo explicarlo? Espérate... creo que ya sé: yo me caso con Maruja (porque quiero casarme con ella), y el día de la boda viene Juan Lucas y se caga de risa y mami le dice darling a Maruja y el asunto no funciona. Juan Lucas se niega a tomar el pisco que le ofrecen en casa de Maruja (ése es otro problema, la casa, me imagino que la de Huaral será peor que la de la madrina). Yo me amargo, pero cuando me voy a amargar de a verdad, pruebo el pisco o lo que sea (chilcanito, a lo mejor), y ya no me puedo amargar con Juan Lucas. ¡Mierda! Ya sé: de repente me doy cuenta de que también se están burlando de mí, y me amargo de a verdad, y empiezo a romperle el alma a Juan Lucas, o a ti (si estás en mi boda, me imagino que vendrás cuando me case), y a todo el que se ha burlado... A ti, sobre todo; sí, a ti, tú te burlarías más que todos, ojalá que cuando regreses a Lima te enamores de otra Maruja y también te cierre las piernas y (a diferencia de mí) te cases con ella, huachafa de mierda, te juro que iré a tu boda y me burlaré de ti y me mataré de risa sólo de mirar el vestido de novia de Maruja... Bobby saltó al encontrarse nuevamente con el papel en blanco, «Querido Santiago:» seguía siendo lo único escrito. Cogió la pluma y ya iba a escribir, pero en ese instante le llegó la respuesta de su hermano por telepatía: «Lo de Peggy se llama cuernos, cuernos tan grandes como una catedral. El único remedio (infalible, eso sí): enamórate a su mejor amiga. Lo de Maruja, huevón de mierda, tiene su nombre y tú bien lo sabes: tremenda enchuchada.» Bobby tomó nota, palabra por palabra, en el mismo papel en que decía «Querido Santiago:» Leyó y releyó; tal vez el respeto por la cosa escrita, o ver la evidencia, lo convenció de que el papel tenía razón. Acto seguido cogió otro papel y escribió «Mi querido Santiago:» porque de todas maneras le quedaban ganas de comunicarse con él. Esta vez le fue mucho más fácil escribir, en realidad había poco que contar, ya él sabría todo lo de Peggy, mala pata, www.lectulandia.com - Página 311 de todas maneras ya me estaba hartando la flaca, además es mucho mejor que haya ocurrido así; es mucho mejor, porque si hubiera sido yo el que la dejaba, sus amigas se habrían solidarizado con ella. «En cambio hay algunas que se han amargado con ella y que no tragan al primo. Por si no estás enterado, le rompí el alma en pleno Casino de Ancón. Entre las amigas amargas hay una que me gusta mucho desde hace tiempo. Pero he preferido castigarla un poco y tomarme unas vacaciones. Por supuesto que acompañado. ¿Dime qué piensas del hembrón que me estoy tirando?» Maruja se le quitó de pronto, y Bobby prefirió terminar cuanto antes su carta. Metió rápido la foto de la maroca en el sobre porque no quería ni verla. A los pocos días llegó un paquete recomendado de los Estados Unidos. Venía dirigido a Bobby y con un letrerito, a un costado, que decía «Personal e intransferible». Bobby se prendió del paquete y corrió escaleras arriba hacia su dormitorio. Allí lo abrió con verdadera emoción y desparramó el contenido sobre su cama. ¡Tremenda respuesta! ¡Un trome, Santiago! La notita decía que no se lo enseñara ni a Juan Lucas ni a mami. ¡A quién se le ocurre! Corrió a cerrar la puerta con pestillo y regresó para entregarse a la contemplación detenida y minuciosa de cada una de las fotos. Había para rato. ¡Qué tal trome! ¡Mira ésta! ¡Y ésta! Y es que todas valían la pena, porque resumían muy bien ese aspecto de la vida de su hermano que a él tanto le interesaba. Había fotos con carros de colores increíbles, con mujeres de senos increíbles, Marujas gringas a granel, pampas y pachamancas. Santiago y Lester Lang IV cargando striptiseras desnudas por un corredor. Bailando con ellas en el cabaret en que se calateaban. Saliendo con chicas preciosas de un edificio de la Universidad. Besándose con una Peggy. Con otra. Con otra. Con la hermana parecidísima de otra Peggy... ¡Si Peggy tuviera hermana!... Indudablemente Santiago tenía razón. Bobby escondió las fotos en su escritorio y, lleno de optimismo, corrió a buscar el número de la amiga de Peggy en la lista de teléfonos. Lo anotó en su libretita de direcciones, y bajó corriendo para ir en busca de Maruja y mandarla a la mierda, claro que iba a ser difícil porque le provocaba... Titubeó Bobby, pero en ese instante creyó reconocer a la mujer de cara conocida que había visto la vez pasada en el burdel, «¡aja!», gritó, y salió disparado rumbo a la camioneta. Susana Lastarria vivía consternada desde que se enteró de que Pipo le había quitado la niña a su primo Bobby. ¡Por nada de este mundo podía ella tolerar semejante cosa! Llamó a Pipo y empezó a darle de gritos, pero en ese instante apareció Juan Lastarria y la hizo callar gritando más fuerte. Susana, horrible, alegó; dijo que entre primos no era posible que sucediera una cosa así, qué iba a pensar la gente, dirán que somos una familia desunida. Juan optó por dejarla hablar, pero le dio permiso a Pipo para retirarse. Lastarria había comprendido, desde tiempo atrás, que a su mujer no la callaba nadie por más de un minuto, y que la solución consistía en dejarla decir todo lo que quisiera y en dejarla sola no bien empezara a decir tonterías. www.lectulandia.com - Página 312 Era la solución al problema. Ella seguía hablando y ellos no la escuchaban y, finalmente, cuando se daba cuenta de que la habían dejado sola, corría al teléfono a llamar a su hermana Chela, que también se había quedado sola. No bien una llamaba, la otra contestaba. Y fue en una de esas llamaditas que Chela le aconsejó enviarle una carta a Susan, si es que no se atrevía a llamarla por teléfono. La sugerencia de su hermana le pareció una excelente idea, sólo faltaba consultarlo con su confesor. Corrió, pues, a contarle al padre Pablo. Este, como siempre, la escuchó con santa paciencia y con una sonrisa en los labios. El padre Pablo la tranquilizó mucho, diciéndole que todo eso era cosa de muchachos y que lo más probable era que su prima Susan lo hubiera tomado así. La cartita podía enviarla, si lo deseaba, pero él, personalmente, creía que más fácil era llamar por teléfono. Susana, horrible, insistió diciendo que una carta le parecía más serio y formal, en estos casos. El padre Pablo ya no quiso contradecirla; en efecto, una carta podía ser mejor. De hecho, lo era, la señora Lastarria tendrá algo que hacer, seguro que le va a tomar horas escribirle a su prima. Sí, era mejor una carta. A la mañana siguiente, Susana Lastarria empezó a escribir la carta. Le tomó el día entero, y cuando la tuvo lista llegó Juan. Le pidió que firmara, encima de su nombre, pero Juan acababa de tomarse una copa con Juan Lucas en el Golf, y los dos se habían estado riendo nuevamente de lo de la trompeadera en el Casino de Ancón y de las borracheras de Bobby desde que perdió a Peggy. Además, Peggy era una niña de mucho mundo porque sus padres habían sido embajadores en otros países, antes de venir al Perú, y cambiar un chico por otro le parecía normal a su edad. Precisamente esa tarde se les había acercado, y a Juan Lucas lo había saludado con el mismo cariño de siempre, encantadora la chiquilla. Lastarria no cabía en sí de la felicidad que todo el asunto le daba, más ahora que Juan Lucas lo comentaba riéndose a carcajadas y luego invitándolo a conocer a sus «futuros consuegros», ja-jaja-ja, que estaban tomando una copa en la terraza del Club. Los señores embajadores dejaron a Juan Lastarria encantado, por supuesto que el asunto de Peggy y Pipo no se tocó para nada, nimiedades, cosas de la edad, se necesitaba ser bien ridículo para andar pensando ya en noviazgos y matrimonios, motivo por el cual Lastarria dejó de pensar en noviazgos y matrimonios mientras se despedía de los señores embajadores del Canadá. Regresó feliz a su casa. Durante todo el camino vino pensando en lo macanuda que era la vida con unos hijos como los suyos, así le gustaba la vida, siempre los hijos superando a sus padres, él ya empezaba a ver los frutos de tantos esfuerzos y sacrificios, esfuerzos y sacrificios cuyo símbolo viviente tenía ahora de pie, a su lado, en su escritorio, rogándole que firmara la carta. —¿Ya fuiste a confesarte? —le preguntó, tratando de evitar la inevitable insistencia de Susana. —No. Hoy me ha faltado tiempo. Víctor tiene días fatales. Voy a tener que www.lectulandia.com - Página 313 deshacerme de ese mayordomo. Hay días en que todo lo hace mal... —Bueno, pero todavía tienes tiempo de irte a confesar... —¡Ay Juan! Cuántas veces tengo que decirte que el padre Pablo sólo confiesa hasta las seis de la tarde. —Bueno, bueno, mañana te confiesas... —Tienes que firmar aquí... —Mira Susana, eso está requeteconversado, sabido y olvidado; precisamente esta tarde nos hemos estado riendo del asunto con Juan Lucas. Incidentalmente, acabo de conocer a tus... a mis futuros consuegros... Esto dicho en broma, por supuesto, ésas son cosas de muchachos. —¿Y qué te han parecido los embajadores? «¿Y qué les vas a parecer tú a ellos?», pensó Lastarria. La idea le dio fuerzas para coger la mano en que Susana tenía la carta, apartándola ligeramente de su camino, mientras se ponía de pie. —Tengo que marcharme —le dijo, apartándole un poco más la mano, dándole ahora su topetoncito también al cuerpo. —Tienes que firmar. —¡No tengo que firmar! ¡Y sabes por qué! Porque ése es un asunto de muchachos y que debe quedar entre muchachos, y porque en todo caso sucedió en febrero o marzo y ya estamos en septiembre. ¿Necesitas más información? «... A Juan le hubiera encantado firmar. Te ruego que lo disculpes; acaba de llamarme para avisar que tiene mucho trabajo y que no vendrá hasta muy tarde. No puedo esperar porque el chofer tiene que irse y quiero mandártela esta misma noche. Perdóname por haberme demorado tanto, pero es que se trataba de un asunto tan penoso...» —Increíble —dijo Susan, interrumpiendo la lectura de la carta. —Está completamente histérica —añadió Juan Lucas. —Celso, ¿ya se fue el chofer de mi prima Susana? —¿No me digas que le vas a contestar? —No, darling... pero por lo menos decirle que he leído su carta y que por favor lo olvide todo; así me evito llamarla por teléfono. —¡Nada, hombre! ¡Qué la vas a llamar! ¡Está completamente loca! —Poor thing! Juan no le hace el menor caso. —Y si Juan le hiciera el menor caso, nadie le haría el menor caso a Juan. —Soltó Juan Lucas, imitando la compasión de Susan. —Está bien, Celso; dígale al chofer que puede irse. —Bien, señora. —¡Pero si eso ocurrió hace siglos!... —Llámala y dile que Bobby es novio de la íntima amiga de Peggy. —A propósito de Bobby, darling, estoy encantado de que sea enamorado de esa www.lectulandia.com - Página 314 chica... nunca me acuerdo de su nombre... Todo está muy bien, darling, pero últimamente bebe mucho y cada día viene más tarde... —Cosa tuya, mujer; a mí no me metas en esos enredos. Además, es natural a su edad... —Pero es que está muy excitado y muy violento. Por otra parte, cada mes trae peores notas; es su último año de colegio y sería una lástima que lo perdiera. —Bueno, ¿y qué se hace en estos casos? ¿Quieres mandarlo a los Estados Unidos? —Me parece que no es el momento, darling... —Yo lo único que puedo hacer es cortarle la propina. A mala hora le cortaron la propina. Bobby empezó a robarle la cartera a Susan todas las tardes, hasta que ella comprendió por qué nunca encontraba un céntimo en su bolso y decidió esconder el dinero en la caja fuerte del palacio. Pero Bobby no se dio por vencido y anduvo varios días tratando de descubrir la fórmula para abrir la caja. Imposible, no daba con ella, mezclaba y mezclaba números pero no daba con la combinación. Y para esta noche necesitaba dinero más que para cualquier otra noche. Primero tenía que llevar a Rosemary al cine, y luego correr al burdel porque, según la matrona, la tal Sonia regresaba hoy. La matrona le había dicho, días atrás, cuando él llegó preguntando por la de la cara conocida, que en efecto esa muchacha trabajaba ahí, pero que estaba de vacaciones en el sur y que a su regreso se la tendría listita. Mientras tanto podría entretenerse con las otras chicas, las había mejores. Lo de mejores le pareció un poco exagerado a Bobby, pero tampoco era falso que de vez en cuando se veía una buena puta donde Nanette. Claro que resultaba un poco caro el asunto, pero ninguna solución mejor que la de seguirse gastando el dinero allí mientras olvidaba a Maruja. Costara lo que costara tenía que olvidarla, y la verdad es que lo venía logrando, hasta que el dinero se le agotó... ¡Y justo hoy que llega la tal Sonia!, ¡justo ahora mamá se ha puesto fuerte!, ¡todo lo esconde en esta caja de mierda! Le metió su puñetazo a la caja fuerte, por supuesto que así tampoco la abrió, pero el resultado fue de todos modos positivo porque otra caja acababa de abrírsele en la imaginación: Bobby salió disparado rumbo a la sección servidumbre y al dormitorio de Celso. Una hora más tarde, Celso apareció en el bar de verano donde, aprovechando los primeros rayos de sol de la primavera, Juan Lucas, Susan y Luis Martín Romero conversaban de toros y maldecían al empresario porque este año tampoco iba a traer al Briceño que seguía haciendo delirar al público español y que, según dicen, cada día está más torero y más clásico. «Voy a tener que meter manos en el asunto», amenazaba Juan Lucas, cuando la voz de Celso lo interrumpió. —Me han robado la caja del Club Amigos de Huarocondo, conteniendo la suma de mil quinientos soles oro. www.lectulandia.com - Página 315 —¿Qué? —preguntó Susan, sorprendida. —La caja del Club Amigos de Huarocondo que, en su calidad de tesorero, me corresponde guardar. Susan recordó de qué caja se trataba, Julius a menudo había hablado de ella, una caja de galletas Field llenecita de billetes sucios. —Hay que hacer algo, Celso. —Hay que encontrarla; a lo mejor con ese dinero sobornamos al empresario para que traiga al Briceño —intervino jocoso el gordo Romero, y Celso lo mandó a la puta de su madre con los ojos llenos de lágrimas, comer, beber y reírse no más sabe el gordo lebidinoso... —Existen sospechas —se atrevió Celso, dando un paso adelante. —A ver, hijo, ¿qué pasa? —preguntó Juan Lucas, recordando que Celso llevaba por lo menos quince años al servicio de la familia. —Existen sospechas —repitió Celso, obligando al gordo Romero a tomarse un trago. —Tienen que ser los obreros; son los únicos que andan por ahí cerca. —¿Qué obreros? —preguntó Susan. —Los que están instalando el ascensor, mujer... —Ah verdad... —Mira, muchacho, ándate a la comisaría del barrio y tráete un policía. —Existen sospechas —insistió Celso, dando otro paso adelante. —Por eso mismo; viene un policía y lo arregla todo; dile al comisario que es en mi casa... —Dile que se trata de un asunto de menor cuantía —intervino el gordo Romero, copa en mano y carcajeándose. Juan Lucas festejó la salida del crítico taurino, Susan también, pero a Celso no le hizo la menor gracia y casi da otro paso adelante... Sabe Dios por qué dio tres pasos atrás y se marchó. Anunció el robo en la repostería y la Decidida, llenándose de redonda honradez, dijo que estaba dispuesta a pasar por la pantalla. Nadie le entendió, pero Carlos añadió que con qué derecho se acusaba a los obreros cuando todos sabían quién era el ladroncito. —Tiene razón don Carlos —intervino Abraham; pero Abraham siempre decía que Carlos tenía razón y cada día estaba más maricón. —Anda y dile a los señores que ha sido Bobby —dijo Carlos—; ¿acaso no le ha estado robando también a su mamá? —Don Carlos tiene toda la razón... La Decidida aceptó los argumentos de Carlos, y hasta se convenció de que Bobby era el ladroncito, pero prefería llegar a ese mismo resultado por vías mucho más democráticas. Decía que para nada se necesitaba a un policía, que ellos eran capaces www.lectulandia.com - Página 316 de llevar a cabo la investigación sin la intervención de terceras personas ajenas al fraude. Lo primero que había que hacer era llamar a todos los obreros, al maestro también, que estaban instalando el ascensor y que cada uno fuera probando su falta de culpa y, una vez ésta establecida, todos juntos fueran donde los señores a decir que sólo quedaba un culpable y ése era su propio hijo de los señores. —¡Yo no cocino con tanto obrero metido aquí! —Un egoísta es usted —acusó la Decidida. —Y usted qué será... —Bueno, bueno —intervino Carlos—; todo se puede hacer, pero creo que lo mejor y más rápido es que Celso vaya donde los señores y les diga de frente que fue el niño Bobby. —Yo lo acompaño si quiere —dijo la Decidida. —No. Solo voy. Celso regresó hasta el bar de verano, donde Juan Lucas, Susan y Luis Martín seguían conversando de toros y toreros. —Existen sospechas —-dijo Celso, dando tres pasos adelante. —Celso, ¿ha sido el niño Bobby, no es cierto? —preguntó Susan. —Sí, señora. —Aquí tiene —intervino Juan Lucas extendiéndole un cheque—; ¿está bien así, a su nombre, o quiere que le haga otro a nombre del Club ese? Mientras tanto, en el cine, Bobby sonreía con las incidencias de la película y, de rato en rato, volteaba a contemplar el perfil de Rosemary. Ahora lo único que le faltaba era ir donde Nanette y encontrar a la tal Sonia, tenía que ser ella a pesar de que usaba otro nombre, Sonia tenía que ser su nombre de combate. Le apretó la mano a Rosemary, y ella volteó a mirarlo sonriente: «Bobby, le dijo al oído, estoy muy contenta de ser tu enamorada.» — «Yo también», le dijo él, acercándose más para besarle la frente. Sí, le gustaba tanto o más que Peggy y todo había salido a pedir de boca, porque ella había sido la mejor amiga de Peggy y ahora era la peor enemiga. Pero nada le había gustado tanto como enterarse de que Pipo Lastarria la había ciriado antes que a Peggy, se le había declarado y todo, pero ella le había dicho que no. Seguro que Pipo cirio a Peggy por despecho; en el fondo soy yo el que le ha quitado a Rosemary. Claro que entonces recordó que también Pipo le había quitado a Peggy, pero Rosemary estaba a su lado y él la besó de nuevo y esta noche me voy donde Nanette. Con lo de esta tarde tenía dinero suficiente para varias veces con Sonia. Luego empezaría a portarse bien y otra vez le darían su propina y para fin de año todo habría vuelto a la normalidad. Pero donde Nanette le dijeron que la tal Sonia aún no había regresado y que ya seguro no volvía hasta el verano, alguien parece que la había retenido en el sur. Bobby maldijo un rato pero las malas compañías con que andaba lo convencieron de que Sonia no era lo mejor del burdel y que con todo ese dinero podía pasarse varias noches cojonudas. Sin embargo, esa misma noche, al regresar al palacio, decidió que www.lectulandia.com - Página 317 sus notas lo ponían en peligro de perder el año y que iba a retirarse un poco de chez Nanette, porque ya sólo faltaban octubre y noviembre para los exámenes finales. «Volveré en verano, cuando regrese Sonia.» Al día siguiente confesó haber sido él quien se había robado el dinero de la caja. Juan Lucas le dijo que eso ya todos lo sabían y que más bien se trataba de reponer el dinero ahora mismo. Bobby alegó que lo había gastado en pagar una deuda, qué querían que hiciera si lo tenían sin propina, de qué iba a vivir. Juan Lucas le dijo que la próxima propina se la daría cuando aprobara los exámenes finales, y él respondió qué me importa, pensando que le quedaban más de mil soles para los meses siguientes y que casi no los iba a necesitar porque iba a encerrarse a estudiar. Juan Lucas no quiso quedarse con esa respuesta y tuvo la brillante idea de decirle que mejor no le daba propina hasta que no aprobara su examen de ingreso a donde diablos y demonios fuera a ingresar. Eso ya no le gustó tanto a Bobby, mucho menos cuando pensó que en verano Sonia volvía a trabajar donde Nanette. Pero él tampoco toleraba que Juan Lucas lo dejara mal parado, y ya empezaba a sonreírse, como quien dice siempre queda algún recurso, cuando ¡paff! se le vino la idea a la cabeza, qué bruto, cómo no lo pensé antes: la alcancía de Julius, años que la tenía y todo el mundo metía en ella monedas y billetes, ¡qué bruto!... ¡pero si la tiene desde que nació!... Las mil y una noches con Sonia pagado por Julius... Bobby soltó la risa y Juan Lucas casi le llama cornudo, pero mejor no meterse con los hijos de Susan... Donde sí tenía que meter la mano era en la Empresa Taurina. —... Y por eso no puede ir a toros —le explicaba Juan Lastarria al arquitecto de moda, mirando avergonzadísimo a Susana, íntegramente vestida con el hábito del Señor de los Milagros. Habían estado los dos bebiendo en el bar del castillo, cuando de pronto apareció Susana, íntegramente vestida con el hábito del Señor de los Milagros, y él no tuvo más remedio que presentársela. —¿Te vas a confesar? —Vengo de confesarme. —Bien. Mándanos a Víctor con más hielo. —Ya está haciendo su calorcito —dijo el arquitecto, sonriendo, mientras Susana desaparecía. —¡ Ah!, pero eso alegra la fiesta —exclamó Lastarria, empinándose ligeramente por detrás del mostrador. —¿Usted también es aficionado? —Como Juan Lucas, vamos; en realidad es él quien me ha enseñado a apreciar la feria de octubre, su colorido, su fiesta, su... su... El arquitecto casi le pregunta ¿y si hay feria en marzo, es usted también aficionado a toros? —Juan Lucas entiende mucho —dijo, en cambio. www.lectulandia.com - Página 318 —A su lado se aprende mucho... —Indudablemente. Juan Lastarria sintió que ya no tardaba en arrojarle el whisky en la cara al arquitecto. —Usted no es aficionado a toros, ¿no, arquitecto? —preguntó, en cambio. —He ido un par de veces, pero no me atrae. —¿Y qué deporte practica? —Tabla. Juan Lastarria se descubrió sacando pechito, «ya no necesito eso, pensó, la costumbre». Felizmente por ahí venía Víctor con el hielo y aprovechó la empinada para recibir el baldecito de plata. —La señora manda decir que no beba usted tanto, señor; después, dice la señora, se pasa usted la noche dando saltos en la cama. —Dígale a la señora... ¡Salud!, arquitecto. —Parece que Juan Lucas está furioso porque no viene el Briceño este año tampoco. —Ya por ahí he oído decir que piensa meter mano en la Empresa. Pues a ver si cuando venga el Briceño me decido a probar una vez más; a lo mejor si es tan grande como dice Juan Lucas, hasta me vuelvo aficionado... —Lo dificulto; eso es algo que está en la sangre; o le gusta a usted la primera vez que va o no le gusta nunca... Eso es algo que está en la sangre... ¿Más whisky, arquitecto? —Gracias. ¿Ha visto usted torear al Briceño? —Sí. ¿Hielo? —Gracias. ¿ En Madrid ? —En Lima... en cine, solamente. —Aja... —En casa de Juan Lucas, en rueda de amigos, los rolíos que Juan Lucas tomó durante su última estadía en Madrid. Excelente calidad de película. Comentada por Luis Martín Romero, ¿lo conoce? —¿El crítico taurino? —Hay que conocerlo; insuperable cuando está de humor. ¡Pipo ven!... Uno de mis diablos. —Qué hubo, papá. —Saluda al arquitecto; él dibujó la casa de tu tío Juan Lucas y ahora está dibujando, diseñando la nuestra. —¿Éste es el mayor? —El donjuán de la familia. ¿Vas a salir, muchacho? —Si convences a mamá... — Toma dinero. —Chau, papá. —Novio de Peggy... Bueno, usted no la conoce; hija de los embajadores del Canadá... Muchacho serio y estudioso. ¿Tiene usted hijos, arquitecto? —Ya tengo uno. www.lectulandia.com - Página 319 —Parece mentira cómo pasa la vida; cualquiera diría que fue ayer que estaba usted bailando con Susan en la fiesta aquélla... —Tiene usted un hermoso bar, Juan. —Estaba usted soltero, recién regresado... —¡Juan! ¡Juan! Pipo ha vuelto a salir de noche! Mañana tiene que levantarse temprano para el colegio. ¿Quién le ha dado...? —Yo le he dado permiso. —Acérquese, señora, por favor; ¿no nos hace usted el honor de una copa? —Yo no bebo, jovencito... Pipo... —Sólo su compañía, entonces, señora. Hemos estado conversando y discutiendo con su marido sobre los planos de la casa nueva; me imagino que estará usted también interesada en saber cómo va a ser su casa. —Ya lo creo, arquitecto; ¿pero qué puede hacer una si no es encomendarse a Dios? ¿De dónde voy a sacar yo fuerzas para limpiar una casa más grande que ésta todavía?... Con lo difícil que está la servidumbre. Usted tal vez podría convencer a mi esposo para que sea una casa más pequeña. ¡Cuánto he luchado yo! Pero él escomo un niño y sueña con tener una casa más grande que la de mi primo político Juan Lucas. —Precisamente de eso hemos estado hablando, señora; imposible que la casa sea más grande; puede tener más habitaciones, si usted quiere, pero la perspectiva la hará aparecer siempre más pequeña. ¿No ve usted que la casa de Juan Lucas ha sido construida aprovechando toda la extensión del campo de polo? Es eso lo que la hace parecer inmensa, mucho más grande de lo que en realidad es. No se preocupe, señora; su casa será más pequeña. Creo que esta tarde he logrado ya convencer a su esposo de ese detalle. —No sabe cuánto se lo agradezco, arquitecto... Juan, Pipo tiene que ir al colegio mañana, ¿no has pensado en eso? —Bueno, Juan, quedo a sus órdenes; usted dirá cuándo empezamos la obra. Tengo que volar. —Sí. Sí, arquitecto. Lo acompaño hasta la puerta. Yo también tengo que salir esta noche. —¡Juan! ¿Con lo resfriado que estás? —Vamos, arquitecto... —Adiós, señora. Buenas noches. —Parece mentira cómo pasa la vida; cualquiera diría que fue ayer que Juan Lucas lo acompañó a usted un poco copeadito... Un estornudo interrumpió la frasecita incisiva con que Lastarria quería terminar con el arquitecto. Mejor no seguir, mejor apresurarse en llevarlo hasta la puerta, no vaya a ser que Susana se arranque con una horrible perorata sobre la gripe y lo www.lectulandia.com - Página 320 peligroso que será salir esta noche. Lastarria le dio su empujoncito al arquitecto de moda, cuando escuchó por allá atrás algo de ya no eres un joven... —Buenas noches, Juan —dijo el arquitecto, tal vez burlón. Se dieron sonriente apretón de manos. En el fondo, los dos estaban satisfechos: Juan Lastarria iba a hacerse una casa con el arquitecto de moda y el arquitecto de moda iba a cobrar una fuerte suma por una casa mitad castillo, mitad funcional. Lastarria se dirigió nuevamente al bar para decirle a Susana que no tenía gripe y que sí iba a salir, pero al llegar se encontró con que había desaparecido por algún oscuro corredor del castillo y decidió tomarse una copa como quien festeja el asunto. «Felizmente que no está», pensó, al sentir que una racha de estornudos se le venía incontenible, con las justas logró ahogarla en el pañuelo. Pero entonces se dio cuenta de que ése no era el pañuelo para la gripe sino para el Club, cambió en un segundo al pañuelo ordinario, se sonó con ése, pero de golpe vio a Juan Lucas sonándose con el de las iniciales bordadas, el de hilo de seda más suave para los bordecitos sensibles de la nariz. Cambió nuevamente Lastarria, sacó el de hilo de seda pero ahora ya no lo necesitaba. «Para la próxima, estaba pensando; nadie me ha visto», cuando en eso se le vino otra racha y la iba a ahogar en el fino, pero hizo trampa Lastarria: justito antes de estallar cambió al de la gripe y se sonó escondiéndose de sus pensamientos, ocultándose sólito en un rincón del bar. Sólito también se estaba descubriendo la mar de imbécil, cuando un estornudo inesperado trajo consigo una voz detestablemente inesperada: venía de la salita de al lado, donde Susana, probablemente horrible y a oscuras, lo había estado escuchando todo el tiempo y soltaba ahora su frasecita cargada de piedad y de doble sentido: «Dios te bendiga.» Juan Lastarria arrojó el pañuelo de la gripe y decidió hacer pública a su querida esa misma noche. Las notas de Bobby mejoraron notablemente a principios de noviembre, y Juan Lucas aceptó la sugerencia de Susan de llevarlo a las últimas corridas de la feria, que hubiera podido ser mucho más animada si el gilipollas del empresario hubiese traído al Briceño. Una tarde, hacia fines de mes, el gordo Luis Martín Romero llamó a Juan Lucas por teléfono, para anunciarle que el Briceño iba a debutar en ruedos hispanoamericanos y que iba a torear dos domingos seguidos en la plaza de Quito. Juan Lucas le dijo que no colgara y, por otro teléfono, llamó a Susan para preguntarle si le provocaba pasarse un par de semanas en el Ecuador. «La corrida del siglo», añadió, porque la había despertado en plena siesta, y Susan nunca tomaba una decisión antes de la Coca-Cola helada que bebía en cuanto despertaba de su siesta. Susan pegó un bostezo enorme mientras decía que bueno, y colgó para comunicarse inmediatamente por el teléfono interno con la repostería, y pedir su Coca-Cola helada. También Juan Lucas colgó al escuchar la respuesta afirmativa y porque estaba en pleno directorio, y cogió rápido el otro fono para decirle al gordo Romero que lo invitaba a ver torear al Briceño en Quito, esta noche arreglamos los detalles, Luis, sí www.lectulandia.com - Página 321 adiós... Perdón, señores, sigamos... El viaje fue un desastre. Resulta que el Briceño no logró recuperarse de la cogida que había sufrido tres semanas antes, mientras lidiaba al tercero de la tarde en la plaza de Logroño. Pero lo peor fue que al gordo Romero le sentó pésimo la altura de Quito y en vez de cuidarse, comió y bebió como nunca. Al final se les puso a la muerte el gordo, y tuvieron que apurar el regreso, cuando aún quedaban esperanzas de que el Briceño se repusiera y llegara para la segunda corrida que tenía programada. Fue allá en Quito, y precisamente una noche en que el gordo se revolcaba de dolor en la recepción del hotel, que un botones les trajo una nota urgente que les enviaba Bobby. Susan la abrió espantada, pero al cabo de un instante empezó a sonreír, y ya hacia el final de la lectura le estaba dando tanta risa que tuvo que pedirle disculpas al gordo Romero que seguía quejándose lastimosamente. Le pasó el papel a Juan Lucas, y también él empezó a reírse mientras leía, terminando con tres ja-ja-ja sonoros que ocultaron por completo el dolor del gordo. —¿Qué pasa? —les preguntó Romero, un poco amargo con tanta risa. —Bobby nos pide permiso para hacer su fiesta de promoción en casa. —No le veo la gracia, francamente. —Léete el papelito... —No, gracias... ¡Ay!... —Toma, lee, gordo quejoso... El gordo Romero se sintió insultado con lo de quejoso y pidió el papel para leerlo y no encontrarle ninguna gracia. En efecto, no tenía ninguna gracia. ¿Qué le ven éstos de original a que su hijo les pida permiso para hacer una fiesta en su casa? ¿Y plata para una orquídea para su pareja? ¿Y esto? Ha copiado las notas de su libreta para que vean que en noviembre ha mejorado... ¿Dónde está la gracia?... Ya les iba devolver el papelito, pero Susan insistió en que leyera lo último, lo de abajo, darling. El gordo leyó de mala gana y sonrió mientras les decía tal vez conociendo a la mujer tenga alguna gracia, ¡ay!, se quejó, pero a Juan Lucas no le gustaba la gente que sufría, ni aun tratándose de Luis Martín, y cogió el papel para leer en voz alta las palabras de la Decidida, dando testimonio de la verdad de esas notas: «Es copia fiel del original que queda a la disposición de los señores en su colegio del niño Bobby, Markham se llama el colegio», y luego dos garabatos, bajo los cuales había escrito «firma y rúbrica». Juan Lucas soltó tres ja-ja-ja sonoros y le dijo al gordo que parara ya de quejarse y que regresaban a Lima, «hay que preparar esa fiesta», agregó burlón. En Lima, ya mejorcito, Luis Martín Romero se enteró de que el Briceño se había quedado sin debutar en ruedos hispanoamericanos. En el fondo, lo alegraba el asunto; así Juan Lucas tendría tiempo de meter mano en la Empresa y ser él quien traía por primera vez al torerazo ese a plazas del Nuevo Mundo, le reservarían su lugar a Juan www.lectulandia.com - Página 322 Lucas en la historia del toreo y todo. Bobby había estado esperando ansiosamente una carta de respuesta. Grande fue su sorpresa cuando, al llegar una tarde del colegio, se encontró con Susan y Juan Lucas de regreso, antes de lo que esperaba. «¿Sí o no?», les preguntó sonriente, al ver que lo recibían sonrientes. Susan le dio un beso y le dijo que si no les iba a preguntar qué tal les había ido. Les preguntó qué tal les había ido, y ella le contó que había comprado un cuadro maravilloso de la escuela quiteña. Bobby confesó entonces que el electricista ya había venido a estudiar lo de la iluminación para la fiesta. Vio que Susan y Juan Lucas sonreían y aprovechó para hablarles de la orquídea, no le quedaba ni un cobre para comprar la orquídea, había que encargarla rápido, él ya estaba atrasado, en esta época todos los colegios tienen su prom... Pero Juan Lucas lo interrumpió diciéndole que en Lima a cualquier geranio le llaman orquídea y que ¡ni hablar de encargar nada! Bobby sintió que Peggy lo había corneado, que Maruja se le había quitado y que Sonia todavía no había regresado, felizmente que Juan Lucas notó su reacción a tiempo: «déjame terminar», le dijo, y empezó a contarles. Resulta que también entendía de orquídeas o que, en todo caso, tenía orquídeas y ellos no lo sabían. Tenía millones de orquídeas y andaban botadas, además, crecían silvestres, verdaderas, como Dios manda, no esas orquídeas raquíticas que te venden en Lima. Siempre había que escoger de lo bueno lo mejor, y para eso las orquídeas de su plantación en Tingo María. Susan le rogó que fuera más lento, por favor, no entendía ni papa, pero ya Bobby había comprendido que Juan Lucas tenía una plantación en plena selva. Planta de experimentación, más bien, con sus lingüistas estudiando el dialecto de los chunchos y todo, hasta unos Testigos de Jehová parece que habían llegado por ahí últimamente... —¿Y quién se encarga de eso, darling? ¿Por qué no me habías contado? —Ya iremos a verla algún día; estamos habilitando un pequeño aeropuerto para la avioneta. Ahí tengo un par de yugoeslavos... inmigrantes... Ellos le van a escoger a Bobby una orquídea como en tu vida has visto. A las seis de la tarde, el jefe de los electricistas anunció que todo estaba listo para la prueba final y la Decidida, alborotada, corrió a encender las luces que iluminarían el gran baile de promoción. Apretó el botón, pero inmediatamente sonó chuc y salieron chispas de todos los enchufes del palacio, todo se volvió a apagar y quedó olor a humo en el ambiente. El jefe de los electricistas sonrió anunciando que se trataba tan sólo de una ligera falla técnica, pero en ese momento apareció Bobby gritándole que era una bestia y que por su culpa se iba a quedar sin fiesta. El hijo del jefe de los electricistas salió en defensa de su padre y ya lo estaba guapeando a Bobby, cuando felizmente intervino la Decidida disculpando al niño de la casa y explicando que estaba muy nervioso porque había tomado muchos calmantes. Bobby se largó gritando que quería luz en cinco minutos y que con el hijo del electricista www.lectulandia.com - Página 323 donde quiera y cuando quiera. A las seis y media, más o menos, apareció el camión de la orquesta trayendo el piano y el órgano. Desde una ventana, en los altos, Julius vio que cargaban el piano hacia el interior del palacio y bajó corriendo a comprobar que era exacto al de madre Mary Agnes. No bien lo dejaron en el rincón que iba a ocupar la orquesta, en una terraza, se trajo un banquito y se sentó a tocar uno de los ejercicios que nunca había logrado tocar bien donde Frau Proserpina. Le estaba saliendo perfecto y hasta se atrevió a agregarle su poquito de sentimiento hacia el final, pero se quedó sin terminarlo porque de pronto apareció nuevamente Bobby gritándole que cerrara el piano en el acto si no quería que le parta la cara de una bofetada. Julius se apartó rápidamente, pero volteó no bien se sintió fuera del alcance de su hermano. —Es un piano regularon, no más —dijo. —¡Tú que sabes, mierda! —Los buenos pianos no huelen a orines de gato, je Con las mismas salió disparado, Bobby casi parte tras de él, pero en el camino estaba plantado el hijo del jefe de los electricistas mascando chicle con sonidito y todo, y haciendo bailar una pierna al compás de su musiquita guerrera. Bobby decidió una vez más tirarse a Sonia con el dinero de la alcancía de Julius, dio media vuelta y entró por donde había salido, pensando con el hijo del electricista cuando quiera y donde quiera. «Con éstos también», se dijo, al cruzarse con tres que avanzaban cargando el órgano de la orquesta. En ese momento sonó el teléfono. Bobby corrió a contestar, podría ser uno de la clase que quiere algo. —¿Quién habla, Julius? —No. Bobby. —Hijito, llamaba a felicitarte por tu fiesta de promoción... —Gracias. —¿Ya tienen chaperones, me imagino?... —De sobra. —¿Tu mamá está? —No hay nadie... —Quisiera felicitarla porque todo debe estar muy lindo... —No hay nadie. —Ojalá todo salga tan lindo como en la promoción de... —Sí. —¿Y quiénes son los chaperones, hijito? —No sé. —¿Tu mami no está, no? —¡No hay nadie! Susan volteó al escuchar que Bobby tiraba el fono y soltaba un ¡vieja de mierda!, furioso. Sentada, leyendo una revista, había escuchado distraídamente la conversación de Bobby. www.lectulandia.com - Página 324 —¿Tía Susana, darling? —¡Como aparezca por aquí la largo a patadas! —Ya no creo que aparezca, darling... En la cocina, perfectamente uniformados, Celso y Daniel tomaban su té mientras los mozos de «Murillo atiende matrimonios, banquetes y recepciones» iban dejando las últimas mesas listas allá afuera, y empezaban a preparar los cocteles para dentro de un rato. Abraham sonreía escéptico frente a los azafates con los bocaditos que acompañarían a los aperitivos, y Carlos se burlaba diciéndole ¿no trabajan mal los de la competencia, eh? —¿ Los habrá probado usted, don Carlos ? —Sólo me falta uno de éstos —le respondió el chofer, cogiendo con toda concha uno del azafate más grande. —A ver si después no alcanzan y hay líos. Pero Carlos cogió otro, y Abraham no tuvo más remedio que bajar la mirada ante tanta superioridad, «terrible es usted, don Carlos», le dijo. Mientras tanto, en uno de los baños, Bobby acababa de cortarse afeitándose. Al ver sangre recordó que la orquídea aún no había llegado. Arrojó la navaja, y corrió hacia los bajos para decirle a Juan Lucas que por su culpa se iba a quedar sin fiesta de promoción. En el camino se encontró con Susan que subía a cambiarse y le preguntó por Juan Lucas, por su culpa se iba a quedar sin fiesta de promoción. Susan le dijo que daddy estaba jugando billar en el salón verde, con Luis Martín Romero y el nuevo director de la Empresa Taurina. —¿Dónde está mi orquídea? —gritó Bobby, irrumpiendo en la sala de billar. —En Tingo María —soltó el gordo Romero, clavando como una lanza el palo del billar en el suelo y abriendo enorme la boca mientras le llegaba la carcajada desde España, por el estómago. —¡ Ah caracho! —exclamó Juan Lucas—; ¿no ha llegado todavía? —¡Tú me dijiste que la avioneta llegaba por la mañana! —A veces se demora, pues hombre... —¿Y si se ha caído? —A ver, a ver —intervino Romero—: tráeme un teléfono, muchacho; voy a llamar al periódico. Si hay algún accidente, ahí lo sabrán antes que en cualquier otra parte... ¡Me cago en sus muertos! ¡Sólo faltaría eso! —Espérate —intervino Juan Lucas—; mejor es llamar al aeropuerto. Pero en ese instante apareció Julius, diciendo tío Juan te buscan dos señores con una cajita, y mientras los anunciaba, se oyó la voz de uno de ellos: «La orriquidea don Joan», completamente afónico. Pero ahí quedó el asunto porque en ese mismo instante volvió a sonar chuc, saltaron chispas de todos los enchufes del palacio y, como esta vez ya había oscurecido, todo quedó negro en el palacio. —¡Estos electricistas! —maldijo Juan Lucas. —¡A ver si me voy a cagar en sus muertos!... No veo mi whisky —se quejó el gordo. www.lectulandia.com - Página 325 Una hora más tarde, Bobby, en smoking, abandonaba el palacio en el Jaguar, rumbo a la casa de Rosemary, que todavía no estaba lista porque justo hoy se les había ocurrido peinarla pésimo en la peluquería. Al salir del palacio, Bobby había visto detenerse dos taxis, pero no esperó a ver quién bajaba de ellos. Era la orquesta. La orquesta y su director con su crooner también. La «Ritmo y Juventud», su director, el maestro Benny Lobo y su crooner Andy Latino, que se cuidaba mucho la garganta, por eso se ponía siempre la chalina entre melodía y melodía. Eran once en total. Lobo, Latino y nueve profesores, nueve magos del ritmo. Lobo era blanco; a Latino, en todo caso, lo blanqueó el amor, la noche, el ron, el humo, las madrugadas y las luces de neón. Los profesores iban desde zambo ciaron, buen mozón incluso, hasta negro retinto. Varios hubieran podido ser negritos elegantes de la funeraria, casi todos hubieran podido ser choferes y algunos, más graciosos, hasta ayudantes de barman en lugares oscuros para bailar. Pero eran artistas los nueve profesores, y no otra cosa demostraron al llegar al patio interior, donde los mozos engominados de «Murillo atiende», un tanto atrasados debido al segundo apagón, ultimaban los preparativos. Eran artistas los nueve profesores, y Carlos, como una tortuga molesta, se guardó en su concha no bien vio aparecer a los nueve choferes con más éxito que él. Los nueve profesores no se fijaron en Carlos. Alegres como llegaron, ni se fijaron en él, probablemente porque los bocaditos anunciaban copas, y las copas música, y en la vida con ritmo a los negros tristes no se les nota. Abraham, en cambio, los recibió con un gemidito de felicidad. Se sentó en un banquito, entre los músicos, y encendió inmediatamente un rubio para morir en el vicio, así, contemplando entre nubes tibias de humo, cómo los nueve morenos se iban quitando los sacos, dejando aparecer la seda de sus amplios blusones rojos, llenos de bobos blancos, abiertos sin botones sobre sus pechos nocturnos, atados en un lazo sobre el ombligo y, más abajo, los pantalones blancos, bolsudos hasta las rodillas, ciñéndose hacia los tobillos, cargados para el prostíbulo en las braguetas abultadas. Celso y Daniel se debatían entre el silencio, el autógrafo y la risita serrano-ignorante. Optaron por el silencio, al ver que la Decidida pasaba seria, diciendo buenas noches, respetando la profesión de músico, y en cambio los nueve profesores le contestaban insolentones, batiendo uno de ellos sus maracas al vaivén del seno único-enorme, y respondiendo los otros al llamado del ritmo con un bailecito de sus hombros cumbancheros que se detuvo en quimba en el sacudón final de las maracas con que desapareció la Decidida. Andy Latino gargageó entonándose, y pidió unos traguitos tempraneros para calentar la máquina. Abraham se puso de pie y corrió a servirles. Bebieron todos menos el maestro Lobo que era quien firmaba los contratos. Julius se estaba peinando cuando sonaron los compases de una canción de moda. Soltó el peine y salió disparado hacia una ventana de su dormitorio que daba precisamente sobre el rincón de la orquesta. Abrió, se asomó, y descubrió que no www.lectulandia.com - Página 326 había absolutamente nadie en la pista de baile, tampoco en las mesas distribuidas por todo el patio, sólo la orquesta allá abajo, en su rincón, ya ni siquiera tocaban, conversaban sonrientes los músicos, jugando al mismo tiempo con sus instrumentos, o escuchando algunas instrucciones del maestro Lobo. Julius cerró la ventana y regresó al baño para seguirse peinando con mucho cuidado, porque la Decidida le había dicho que tenía que ponerse muy elegante. Bobby, en cambio, lo había amenazado con romperla la cara de cojudo que tenía, si es que asomaba la nariz por la fiesta, «la fiesta no es para mocosos», había agregado, violento. Qué importaba; desde esa ventana de su dormitorio podría seguir todo el baile. Además, Bobby ni se iba a acordar de su amenaza cuando él apareciera más tarde por el patio. Julius terminó de peinarse y se puso su corbatita michi, pero verdad que Juan Lucas le había enseñado que las corbatas de lazo se las anuda uno mismo y que ésas ya hechas, con su ganchito para sostenerlas al cuello, son horribles, nada de colgajos, las cosas o se usan bien o no se usan. Se quitó la corbatita michi y regresó a su dormitorio en busca de una corbata normal. Por ahí había una que le gustaba, ahora seguro que tío Juan Lucas me dice que queda pésimo con este terno. Se miró en el espejo y le pareció que le quedaba de lo más bien, claro que sí, ahora seguro que me dice cuándo aprenderá usted a combinar, jovencito. Ya aprendí, ¿te gusta mami? Susan, sonriente en la fotografía sobre la cómoda, le dijo que sí. Entonces Julius volteó a mirar la fotografía de Cinthia sonriente y conversadora sobre la mesa de noche, sí... Pero de pronto Cinthia decidió hablar de otra cosa y Julius le quitó rápido la mirada porque no quería entristecer pensando en esas cosas, no puedo, Cinthia... De golpe sonaron nuevamente los compases de una canción de moda, se lanzó a abrir la ventana, pero al asomarse se dio con que la música se diluía en unos acordes desafinados, a los que un brusco trompetazo puso fin. Cerró la ventana y volteó a mirar la fotografía de Cinthia. Se quedó parado, mirándola. Por tercera vez los músicos empezaron con los compases de una canción de moda, pero seguro estaban sólo practicando y Julius ya no corrió a la ventana. Seguía parado, escuchando a Cinthia, y los músicos abajo, practicando. No debería ponerse tan triste, tan nervioso cuando hay una fiesta... Debería bajar aunque no hubiese nadie todavía, entretenerse mirándolos, escuchándolos practicar... Varias veces habían vuelto a practicar... Cinthia. Julius se impuso salir. Bajó corriendo las escaleras y se dirigió apurado hacia el patio. Pensaba acercarse a conversar con los músicos mientras practicaban, pero al salir se encontró con el patio lleno de parejitas bailando y con los músicos de pie, meciéndose al compás, bailando casi, sudando de lo bien que tocaban. —Julius, ¿dónde has estado?... ¡Ven! —le gritó la Decidida, llamándolo al escondite desde donde la servidumbre en pleno contemplaba la fiesta. Estaban alborotadísimos en el escondite. Gozaban como si fuera de ellos la fiesta, se reían, hasta daban sus pasitos de baile, ¡mírenlo al niño Bobby!, festejaban. Y con www.lectulandia.com - Página 327 razón. Con mucha razón porque Bobby se había traído una gringuita linda. —Su niña del niño Bobby —comentaba Universo, disculpándose ante Carlos porque acababa de pisarle el pie con su zapatote de fútbol con barro. —Mejor era la canadiense —explicaba Carlos—: más llenita; a ésta se le van a partir los rieles... —¿Qué? —interrumpió Julius. —Los rieles, las piernas. —Je-je, los rieles... este Carlos a todo le cambia de nombre... «Como Cano...» Eso ya no lo dijo, ni siquiera terminó de pensarlo porque no hay que ponerse triste en las fiestas, y por ponerse triste en las fiestas, otra vez lo de Cinthia... —Je-eje, los rieles... este Carlos a todo le cambia de nombre... «Como Cano, Cinthia...» ¿Cuál te gusta más, Deci? —Mirándolo bien, su pareja del niño Bobby luce más hermosa. —¿Y a ti, Carlos? —Todas están buenitas, pero a todas les echaría sus kilitos más... No está mal la niña Rosa María... —Rosemary —corrigió Julius. —¡Su niña del niño Bobby! —exclamó Celso. —¡Su niña del niño Bobby! —exclamó Daniel. —¡Siempre su niña del niño Bobby, Rosmarí que la llaman! —exclamó Universo. Pero Carlos lo interrumpió diciéndole menos bulla, tú, porque la orquesta ha parado de tocar y ya se estaba oyendo afuera tanta algarabía. «Apaguen la luz», dijo la Decidida. No era una mala idea: así a oscuras, pegados a esa ventana, detrás de la orquesta, podrían gozar todo lo que querían sin que se notara en el patio. Una hora más tarde, el maestro Lobo les tocaba música suavecita al órgano, mientras comían. «Anda para que comas con tus padres», le dijo la Decidida a Julius. Julius abandonó el escondite, y pasó no muy lejos de las mesas, rumbo al grupo que formaban Susan, Juan Lucas, Luis Martín Romero, los chaperones, que resultaron muy simpáticos, y los dos rubios grandazos que habían llegado horas antes con la orquídea para Bobby. «¡Darling! —exclamó Susan al verlo aparecer—, ¿ya comiste?» Julius le dijo que no, y alguien por ahí debió escucharlo, porque inmediatamente apareció un mozo de «Murillo atiende», trayéndole un vasito de Coca-Cola y el primer plato del menú. Entre plato y plato, el maestro Lobo les tocaba melodías más suaves todavía; entonces, los que querían mucho a su enamorada, y los que se le iban a declarar a su pareja esa noche, se ponían lentamente de pie, estiraban silenciosos el brazo llamando a las chicas, ellas sonreían, se ponían de pie, los seguían, los alcanzaban cogiéndose de sus manos y, sin alejarse mucho de la mesa, se juntaban, se pegaban, cerraban los ojos muy serios, y de rato en rato daban un pasito hacia un lado. Los malos bailarines, www.lectulandia.com - Página 328 los sin ritmo y los tímidos también aprovechaban; bailaban pésimo y separadísimo. Hasta los cojudos de la clase y los que hubiera sido preferible que no vinieran aprovechaban, luego de traumatizantes esfuerzos, para pegarse su bailecito con las feas y las que hubieran preferido no venir. Desaprovechaban, eso sí, la entonación café-de-puerto-brumoso-en-país-tropical que Andy Latino lograba darle a sus canciones de amor. Después del postre arrancó lo bueno. Ahí estaban los nueve profesores moviéndose como locos y el maestro Lobo dirigiendo mientras tocaba agilísimo el piano o el órgano. Andy Latino ya no entonaba; perdido entre los profesores, los alentaba con gritos cubanos y de rato en rato, se acercaba al micro para soltar un estribillo. Se fregaron los malos bailarines. Varias chicas empezaron a aburrirse porque los tímidos ni idea de cómo se bailaba todo eso. En cambio los tromes bailaban separado cuando querían y cuando querían se pegaban a la niña y la bailaban despacito, pegadito, pero siempre con ritmo. De todo hubo: merengues, twist, rock, cha-cha-chas, etc. Con los popurris sí que se vino la locura: bailaban, saltaban, hacían trencitos y corrían tropezándose entre las mesas, valía la pena verlos gozar. Claro que sí. Y la chica esa tan bonita, tan alegre, tan simpática. La del vestido azul llenecito de tules. La de la faldita respingona. La que se abrazaba los hombros desnudos como si tuviera frío pero era purita alegría. ¡Ya viene! ¡Ahí viene! Pasaba en la ronda frente a ellos y les hacía miles de adioses, feliz, chinita de felicidad; les hacía adiós a los chaperones, a Juan Lucas, a Susan, a los rubios grandazos, a los fotógrafos que la correteaban porque nuevamente desaparecía bailando, saltando, cantando... Julius aprovechó la bulla para preguntarle a Susan quiénes eran los rubios grandazos. Eran los socios de Juan Lucas, Tingo María, Atilio y Esteban, yugoes... Pero ahí venía, otra vez pasaba la chica simpatiquísima, todos querían verle la cara, no podían, reía, saltaba, giraba, todo el pelo rubio se le venía a la cara, los tules la envolvían, los fotógrafos la cegaban, ya se iba, desaparecía gritando que viniera, a Julius lo llamaba, que se uniera a la ronda, el trencito, ¡ven chiquito!, se la llevaba la ronda hacia el fondo del patio, dónde andaría, búscala, Atilio y Esteban se mataban de risa, Julius se negaba, ¡no! ¡no!, no quería ir, y otra vez venía la chica, por mirarlo, por invitarlo a bailar se iba a desprender de la ronda, iba a salir volando, cada vez pasaba más rápido, linda era y qué le importaba que le pisotearan los tules, los iba regando por el suelo, tules por todas partes, ella qué importa, seguía gozando, dando vueltas, cambiando lindo de ritmo cada vez que los profesores cambiaban de ritmo. Y ahora cambiaron a la raspa, ¡bailar! ¡bailar! ¡bailar!, ¡la raspa popular!, todos la miraban lo graciosa que era, las manitas en la cintura, un poronguito, un porfiadito, saltando como una loquita, ya ni sabía quién era su pareja, con todos se encontraba en su camino, con todos bailaba, se encontraba frente a los yugoeslavos, también los llamaba, ellos mandaban a Julius y Julius ahora sí quería ir, pero pasó Bobby www.lectulandia.com - Página 329 corriendo, volando, cogido del brazo de Rosemary, todos giraban con la raspa, se enlazaban, se soltaban, cambiaban de pareja, con quien encontraban se enlazaban, y la chica tan graciosa había desaparecido, se la habían llevado del brazo, girando hacia el fondo del patio, y se acababa la raspa, Julius la buscaba como loco entre las parejas. Susan miraba a la orquesta, no quería que pararan, buscaba entre las parejas, allá por el fondo saltó, ya no estaba. Nuevamente el maestro Lobo cambiaba de ritmo, Susan le sonrió a la orquesta, Barrilito de cerveza, ahora, «¡polka!», gritaron los yugoeslavos, las parejas corrían dando saltitos, de extremo a extremo del patio corrían, otra vez la chica tan graciosa apareció, loquita se había vuelto, «¡vengan!», les gritaba, a todos ahora, y otra vez se iba, saltando para atrás desaparecía, «¡polka!», gritaban Atilio y Esteban, «¡la bailan de cualquier manera!», comentaba feliz Juan Lucas, «¡la juventud!», exclamaba Luis Martín Romero, ¡polka!, ¡juventud!, ¡polka!, otra vez la chiquilla tan graciosa, «¡preciosa!», exclamó Juan Lucas, «¡desenvuelta!», gritó Romero, «¡infatigable!», añadió un chaperón, «¡ahí viene de nuevo!», anunció Atilio, ¡vengan!, ¡entren!, ¡no tengan miedo!, seles acercó casi hasta estrellarse, «¡señora baile!», le gritó a Susan, muerta de risa, los ojos chinitos de felicidad, «sí amor, sí darling», le dijo Susan, sonriendo con los ojos bañados en lágrimas, «¡señora baile!, ¡señora baile!», gritaba mientras se la llevaban saltando, bailando, girando, linda hacia el fondo del patio, donde Julius la seguía buscando... —Luis Martín —dijo Juan Lucas—, ocúpate un momento de los invitados. —¿Qué pasa con Susan? —No sé; algo indispuesta... Juan Lucas entró por la puerta por donde Susan había desaparecido. Ahí estaba, al fondo del primer salón, sonriente, guardando su pañuelo. —No es nada, darling. —Susan... —Hay que ocuparse de los invitados. Juan Lucas trató de besarla, pero ella no se dejó. —Susan... —Darling —le dijo, besándolo—; vamos al patio. Ahora era Julius el que había desaparecido. Los invitados no se dieron cuenta de nada, felizmente. Atilio y Esteban, muy afónico este último, continuaban comentando las virtudes de la polka con los chaperones. La orquesta había parado de tocar y las parejas descansaban rendidas en sus sillas. Se veían manos cogidas por encima de las mesas, otras se adivinaban cogiditas bajo las mesas. Andy Latino y los nueve profesores bebían lentamente los vasos de cerveza que Abraham acababa de traerles, mientras el maestro Lobo se sentaba frente al órgano para tocarles de nuevo música suavecita, y los fotógrafos aprovechaban para tomarle su foto a cada pareja. www.lectulandia.com - Página 330 Pasó todavía largo rato antes de que la música se acabara del todo. Al principio Julius creyó que podría dormir. Ya no quería más fiesta, muy alegre primero y después siempre suceden cosas. Creyó que la música del órgano era el fin y que así, tan suave, lo ayudaría a dormir. Pero de pronto, allá abajo, el maestro Lobo empezó a meterle ritmo al asunto y poco a poco fueron entrando los demás instrumentos, la trompeta ahora, ¡a bailar merengue!, gritó Andy Latino, y Julius saltó de la cama. Pensó en vestirse de nuevo y en bajar, pero no. Tampoco abrir la ventana y ponerse a buscarla. Miró la foto de Cinthia, no se acuerdan de ti, Cinthia, sólo mami lo sabe, lo vi en su sonrisa esta noche, yo tenía cinco años la otra vez que la vi sonreír así, cuando no regresaste de Boston, Cinthia. Eran tus compañeras de colegio, de clase, mami lo notó, te vio, no, Cinthia, no te vio pero te recordó en su sonrisa, yo sí te vi, qué miedo, así son de tristes las fiestas, por eso seguro pasan siempre de noche. No se acuerdan de ti, Cinthia, esa chica me asustó, una vez mami me encontró hablándote, todos decían está en el cielo, una vez mami me encontró rezándote, ¡no! ¡no! ¡no!, ¡Julius!, ¡no darling!, ¡no mi amor!, ¡mi tesoro no!, me confesé, no te recé más pero hasta hoy te he hablado, ¿acaso no estábamos conversando antes de la fiesta?, tú querías hablar, yo no quería, siempre te he hablado, por eso mami lloró y yo no, yo me asusté, mami tiene razón, ¡Julius no!, ¡mi amor!, ¡no puedes!, ¡no debes!, ¡te va a hacer daño!, ¡mi amor!, ¡Cinthia está!... ¡te va a hacer daño mi amor! Eso fue hace tiempo, Cinthia, te he seguido hablando, por las mañanas, por las noches, tu retrato tú, por las noches, todo lo sabes cuando te miro al acostarme, por las mañanas, todo lo sabes cuando te miro al levantarme, Cinthia, mami tiene razón, por eso hoy tuve miedo, un día se acuerdan de ti y lloran, así es la gente, yo en cambio te contaba de Cano, de Bobby, de mami, y hoy me he asustado, tienes que perdonarme, Cinthia, es sólo tu foto, tienes que perdonarme Cinthia, te voy a poner sobre la cómoda, lejos de mi cama, desde chiquito pienso en mi cama, te voy a alejar de mi cama, sobre la cómoda, Cinthia, perdón, ¿ya ves?, hace horas que te estoy hablando, por eso esta noche me he asustado y a lo mejor hace daño asustarse así, después te tiemblan las manos y te duele el estómago siempre a las cuatro de la tarde, perdón, Cinthia, estás... la sonrisa de mami esta noche, perdóname, te vas a la cómoda, voy a cumplir once años, encima de la cómoda, un día yo voy a tener que ir a una fiesta y no quiero asustarme, ya te conté mi sueño Cinthia, la otra noche, comprende por favor, era la fiesta de Bobby y yo tenía la edad de cuando estaba chiquito, antes de Boston, pero te había conversado hasta esa noche, esta noche, hasta tus quince años y salí feliz a buscarte, corrí a verte con tus compañeros pero no estabas, ¿dónde está?, les preguntaba, y no se acordaban de ti, Cinthia, ya eso te lo conté, no llores, ¿ya ves?, esto no sirve para nada, para hacerte sufrir y nada más, para asustarme yo, esto no sirve, yo con la edad de cuando era chiquito no te encuentro y Bobby me quiere botar porque molesto, de verdad molestaba, tú no viste el sueño, Cinthia, andaba de mesa www.lectulandia.com - Página 331 en mesa preguntando, fastidiando, una eras tú de repente, pero otra también eras tú y otra eras tú seguro porque mami dijo un día a los quince años todas son iguales, hoy se equivocó mami, pobre mami, pero yo entonces seguro le creí y ésa eras tú y la otra tú y tú la que creí que iba a ser Cinthia, mami, ¿por qué dijiste que todas eran iguales?, qué difícil era, qué difícil, se terminaba la fiesta y no te encontraba Cinthia, sentía pesadez y todo empezaba a vacearse, a irse, yo corría aún, sentía ya el cansancio, toda la noche buscándote Cinthia, recién al fin cuando me sonreiste, ya te lo conté, recién entonces fue fácil, por fin tu sonrisa me llevó tras de ella hasta una mesa, tu sonrisa, Cinthia, ya te lo conté, el sol de la mañana me despertó a tu lado, como siempre, mirándote, ya ves, todo lo sabes cuando te miro al despertarme... — ¡Julius! Con el susto Julius escuchó la voz de Susan, hasta pensó en una explicación, es la última vez, mami, pero al voltear se encontró con que era Bobby. —¿Ya se acabó la fiesta? —¿No has visto que ya no hay música? —Sí, sí, verdad, qué bruto... —Vengo a hacerte una propuesta. —Si me das la plata de tu alcancía, yo te digo a quién voy a tirarme esta noche. Julius recordó que Juan Lucas había dicho a Bobby ni un centavo hasta que termine el verano, casi le entrega la alcancía, je-je, ¿qué haría tío Juan Lucas?, pero eso de que su hermano viniera a pedirle todo su dinero a las cuatro de la mañana y apestando a licor no le dio muy buena espina. —Recién empieza el verano —le dijo—; no tendrás para pagarme. —¡Apúrate, imbécil! ¿Sí o no? —¡No! —gritó Julius, abalanzándose sobre la maletita de hierro del Banco Internacional de Perú. Bobby la cogió antes, ya se iba el muy bruto... —Mami tiene la llave en la caja de fierro... Bobby conocía muy bien las alcancías esas, más difíciles de abrir que las propias bóvedas del Banco Internacional, él tenía una también, vacía desgraciadamente y ya no tardaban en cerrar el burdel. —¡Mierda! —gritó, soltando la alcancía—. ¡Te quedas sin saber a quién me voy a tirar esta noche! —añadió, partiendo la carrera furioso, Sonia ya debería haber llegado donde Nanette. Pero Julius no sabía nada de eso. Si tú me das la plata de tu alcancía, yo te digo a quién voy a tirarme esta noche; volteó a mirar a Cinthia, ¿qué va a hacer?, ¿qué quiere?, a quién voy a tirarme esta noche... Perdón, Cinthia, te vas a la cómoda, te pongo sobre la cómoda, mami tiene razón. Julius cogió el retrato de Cinthia y lo dejó encima de la cómoda, junto al de Susan. ^Tirarme}, ¿tirar?, tirar una piedra, perdón, www.lectulandia.com - Página 332 Cinthia, tirar, ¿ya ves?, tengo que ponerte aquí, voy a apagar ya Cinthia, me despido, mami tiene razón, ¿tirar?, ¿ya ves?, todo lo sabes cuando te miro al acostarme... Fue radical Julius. Valiente. Se durmió con un nudo en la garganta, cuando ya amanecía, pero se durmió dándole la espalda a la cómoda. Poco después los rayos del sol estuvieron a punto de despertarlo porque la Decidida, con el alboroto de la noche anterior, se había olvidado de subir a cerrar las cortinas como acostumbraba. Julius llegó a sentir un rayo de luz sobre los párpados cerrados, pero en ese instante Cinthia, sonriente, lo llamó desde una mesa al otro lado del patio. ¡Permiso mami!, ¡permiso! Susan no lograba retenerlo y Julius, jadeante, atravesaba con dificultad entre las parejas que ahora, de golpe, abandonaron su dormitorio, dejando libre el espacio entre él y la mesa, entre su cama y la cómoda, todo lo sabes cuando te miro, al despertarme...